Señoras millenial.

Un mañana cualquiera te despiertas y nada es como el ayer de siempre. En el scroll de tu vida ya no hay fotos con flashazos, ojos como platos a las 4am, borrachos por los rincones ni etiquetados a traición. Nadie comparte vídeos de parrandas infinitas ni establece su caché social en cubatas ingeridos por hora. Las faldas ya no enseñan cacha y los escotes son aptos para cardíacos.

En el timeline de tu día a día ahora hay bodorrios, crías de dinosaurio en cestas de mimbre, disfrazados de adultos o con las zapatillas último modelo (si los padres son sport friendly). Mudanzas, hipotecas, barbacoas de puretas, reuniones de antiguos alumnos del Antonio Machado, del Sagrado Corazón y de su puta madre de Jesús. Calvicies incipientes (o concluidas), panzas, maridos y mujeres, muchas cosas que hacer, fotos de perfil de tres miembros. SEÑORAS. ¿Pero qué cojones ha pasado con mi juventud y quién es esta gente?

Y tú estás más on fire que nunca. Te ves divina. Estás divina. Sales, ligas, bebes, desfasas, haces deporte, fundes tarjeta, no paras, vives sin un rumbo claro, no tienes ni puta idea de qué hacer con tu vida. Sigues comprando en Bershka y Pull & Bear. Todas tus quedadas con amigas empiezan con un “MUY FUERTE, TÍAS”. Comentas los desastres sexo-sentimentales casi en directo. Sigues vistiendo CHORTS. Y todavía no tienes claro qué quieres ser cuando seas mayor. Está claro, ¿no? Vuelves a tener veinte.

¿Por qué la gente juega a ser adulta? ¿Por qué tanta prisa? ¿Por qué mi compañera de pupitre infantil tiene un bombo que no puede con él? ¡Si es una cría! ¿Por qué el guapo de la clase está fondón? ¿Por qué te casas? ¿Por qué dices mi marido? ¿Por qué estamos hablando de cortinas? ¿Por qué pareces una amish? ¿Por qué dices que se te sube el vino a la cabeza si eras la reina del calimocho? ¡Tía, que somos muy jóvenes!

¿O no?

Y entonces, te paras a pensar, fríamente, seriamente, adultamente. Mi madre a mi edad tenía una niña de cuatro años y estaba separada. Y sí, tengo amigas que están en la misma situación. Pagas recibos y acumulas facturas en una carpetita, como hacía tu madre (y tú jugabas a hacer lo mismo). Vas al súper los viernes para tener la nevera llena el fin de semana. La chica viene a limpiar los viernes, para tener tu casita limpia el fin de semana. Sales el viernes, cada cuatro meses, para tener una recuperación acorde a tu edad, o sea, de todo el fin de semana. Y apuras hasta la última gota de esos dos días gloriosos como si fuera la ginebra más cara del mundo (esa que ya no te sienta tan bien). Hombre, pues igual un poco adulta sí estás hecha.

¿O no?

Sigues pinchando música: hardtechno, hardtrance, hardstyle, hardance… herencia de unos 16 muy HARD-TOS. Todavía dices “pavo” y “pava”. En clase de spinning gritas TEMAZO y silbas y la lías parda cuando el bombo tancero revienta el altavoz. No escondes piernas porque las tienes ideales. Tus estilismos siempre son motivo de comentario. Si hay niños en un restaurante, no entras. Si hay niños en una sala, no entras. Si tienes niños, no vengas. Toda la gente de entre veinte y treinta te parece que tiene la misma edad: LA TUYA.

¿O no?

Tu supuesta madurez cae sobre ti como una losa cuando te presentan a una chica monísima, modernísima, millenialísima y piensas: de mi quinta, fijo. Y abre la boca y no entiendes nada y nombra gente que no sabes quién es, y estudia y vive con su padres. Y te espeta un hiriente: “cuando tenga tu edad…”.  Y claro, resulta que tiene veintidós insultantes añitos de nada; exactamente, diez menos que tú. ¡OMG! Si esto es una millenial, ¿qué cojones soy yo? Por favor, no me digas que esposa ni cuñada ni nuera ni nada que implique sobremesa los domingos con una familia que no es la mía. Ni madre, ubre con patas y/o infraser que duerme a ratitos mientras cede su pecho a un hombrecillo que no tiene barba ni edad para votar. Ni enloquecida novia que busca flores para decorar el día más feliz de su vida. Las cifras hablan por sí solas, chato: por edad, soy millenial. Millenial sénior, eso sí. Pero lo soy mal que te pese, ‘cachoputajuvenil’.

Y mientras me queden plataformas que calzarme, pitillos talla 36 en los que embutirme y músculos para reventar la pista de atletismo o la de baile, llámame “Señora”, sí.

Pero SEÑORA MILLENIAL.

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