Dúchate en otra.

Llevo años enamorada de una ducha del gimnasio. De entre todas, ella siempre me pareció la más interesante. Jamás me plantee ducharme en otra. ¿Por qué? Si la mía me iba perfecta. La presión del chorro era la exacta. La temperatura, colosal; idónea para lo que yo llamo una ducha Torrroja. ¿Y la ubicación? ¡La primera!

No entendía cómo alguien podía ducharse en otra que no fuera ESA. Si claramente era superior. Pero tampoco soportaba que nadie la usara. Era mía y ya está. Si llegaba a ella, cansada, sudada, pidiendo sus caricias, me enfurecía encontrarla ocupada. Me llevaban los demonios. Prefería esperar, congelada y en cueros, porque solo quería que ella me tocara.

El otro día, como de costumbre últimamente, la encontré con otra. Y en lugar de hacerme la loca, mirar hacia otro lado y esperar mi turno, decidí cambiar. Me envalentoné, me calenté (o me enfríe) y me metí en otra casi sin tiempo para pensarlo. No me apetecía especialmente, refunfuñé, maldije para mis adentros, pero en cuanto la encendí… Madre mía. No solo el chorro era más gordo, sus caricias eran fuertes, intensas, profundas; perfectas. Me di cuenta de que la mía era una blanda, una insulsa, una más. ¿Una más? Sí, una más. Lo he dicho. Disfruté como nunca con las atenciones de la nueva. Ardiente, poderosa, firme. Qué placer… Me dejé llevar y ella supo cómo compensar mi atrevimiento. Se nos fue el tiempo. Y corrió el agua y el jabón, y hasta el acondicionador, sin que fuéramos conscientes del despilfarro. Y caí. ¿Cómo había podido estar tan ciega? ¿Cómo me había pasado años en la misma ducha sin preguntarme cómo sería ducharme en otra?

Amantes del agua y la presión, probemos tantas duchas como nos sea posible antes de decidir que queremos pasar el resto de nuestra vida duchándonos en la misma.

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