Premenstrúa tú, si tienes huevos

Durante años, los “misterios de la mujer” se han englobado siempre dentro de enfermedades cuyos síntomas eran tan amplios que cabía prácticamente todo. Como por ejemplo, la histeria femenina, que se atribuía a la insatisfacción sexual y se remediaba con masajes vaginales. ¡Manda huevos! Es decir, la represión sexual femenina era considerada una enfermedad y, siglos después, la expresión del deseo sexual en la mujer también se considera un problema: ninfómana, si el problema es clínico,  guarrilla si se está entre amigos y sin el psicólogo delante. ¿En qué quedamos? ¿Me reprimo o me expreso? Pero este es otro tema. Yo he venido aquí a hablar de mi libro, o sea, de otra cosa.

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El síndrome premenstrual es considerado como un conjunto de síntomas que se producen más o menos la semana antes de que la menstruación haga acto de presencia para amenizar y dar jolgorio a nuestras soporíferas y anodinas vidas de fémina. No todas las mujeres lo sufren, ni todas las que lo padecen lo hacen por igual. Tampoco existe un tratamiento específico y nada que elimine o atenúe todos los síntomas. O sea, lo que viene siendo una putada gorda. Para los que no estén familiarizados con el tema, aparte de las molestias físicas que entorpecen, y mucho, la vida diaria (dolor de cabeza, molestias estomacales, alteraciones del sueño, del apetito sexual, del otro apetito), están las otras, las psíquicas o anímicas. Por suerte para mí, los síntomas físicos no me ocasionan demasiada molestia. Eso sí, los otros me traen de cabeza.

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Las mujeres no estamos locas ni somos unas histéricas ni más sensibles ni tenemos menos control sobre nosotras mismas ni somos más vulnerables. Tenemos una cosa que se llama hormonas, algo que nos hace estar en constante cambio, que toman el control de nuestro cuerpo y nuestra mente, para nuestra desgracia, en casi todos los momentos de nuestra vida. Somos cíclicas, cambiantes y mutables. Y no, no somos un X-Men (ni woman), pero tampoco un X-File. Simplemente es otra más de las cruces que nos toca arrastrar. Así que no te atrevas nunca a llamar floja a una mujer, porque la carga que sostenemos es alta, muy alta, y además debemos llevarla con dignidad y estética, y mantenernos divinas y estupendas para que el mundo lo vea y demostrar constantemente que podemos con todo, que estamos al nivel. Demasiada presión para un solo ser. Pero me estoy yendo otra vez por los cerros de Úbeda. La cuestión es que levantarte un día con ganas de llorar sin motivo alguno no mola. De hecho, es bastante desagradable. No encontrar motivos para sentirte como una mierda, pero en cambio sentirte así no es algo que yo elija por la mañana como lo hago con mis outfits. Notar un nudo en la garganta y, al momento siguiente, el pecho ardiendo porque tú único deseo es arrancar cabezas, para acto seguido volver a querer esconderte debajo de una manta y desaparecer para siempre. Pues no, no es bonito esto. Pero es mi maravilloso estado de ánimo, y el de muchas mujeres en el mundo, una vez al mes.

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Es decir, de cuatro semanas que tiene el mes, una sé seguro que la perderé llorando por las esquinas o queriendo aniquilar a la mitad de la población, mientras la otra media corre a esconderse para no cruzarse conmigo. De las tres semanas de cordura que me quedan, quítale cuatro días más que, ahora sí, estaré con la regla. Los síntomas psíquicos y anímicos, en mi caso, se atenúan, pero eso sí, es el momento de que los físicos golpeen con fuerza: dolor, cansancio, aturdimiento, nauseas, gula. Gracias, madre tierra, por darme el maravilloso don de engendrar, el cual no tengo la intención de utilizar, y todos sus puñeteros y completamente prescindibles daños colaterales. En resumen, me quedan dos semanas al mes y tres días para ser yo misma. Todo eso contando con que la ovulación, que se produce más o menos la segunda semana del proceso, no venga ese mes también con ganas de joder, porque todos estos síntomas pueden tener dos o más días de protagonismo durante esta fase. Si es así, quedarán tan solo dos semanas de libertad, de verdadera libertad de la mujer; libre de sentimientos de culpa, de baja autoestima, de llanto sin control, de dudas, de furia, de pesadez, de dolor y de la madre que parió a todo el aparato reproductor. Así que en esos catorce días intento condensar el grueso de mi vida real, tomar decisiones importantes, relacionarme con la gente (y suavizar los daños causados en los días oscuros), aprovechar el subidón físico para darlo todo en lo deportivo y cargarme de fuerzas y valor para enfrentar de nuevo a lo que será seguro otro final de ciclo odioso, patético y muy frustrante.

Y en ese preciso instante un mamarracho, un día cualquiera, te pregunta con sorna: “¿Que te tiene que venir la regla, guapa?”. Pues mira, pedazo de gilipollas, resulta que sí. Y también resulta que te has equivocado de día del mes y de mujer. Y entonces, enfurecida, grito: “¡DRACARYS!”. Y lo barro del mapa con mi llamarada verbal y mi furia dothrakiana.

Daenerys-Jorah-jorah-and-daenerys-34475582-1280-720Hay hombres muy comprensivos (y unos santos, todo sea dicho), que agachan las orejas y desaparecen sabiendo que hoy no será un buen día ni para ti, ni mucho menos, para ellos. Pero los hay que merecen sufrir cien años de menstruaciones y mil partos de trillizos. No hay nada que yo pueda hacer para acabar con este síndrome, querido bocazas. Nada. Si existiera la píldora salvadora, te aseguro que yo sería la primera interesada en dejar de perder dos semanas al mes de mi preciosa vida.

Con los años una se resigna a aceptar que no se puede luchar contra el síndrome, es invencible, pero también que la pobre gente que te rodea en esos días no merece tu ira, tu dolor ni tu cara de menestra en mal estado. Así que una ha aprendido a retirarse del mundo, a interpretar el papel del ermitaño cuando la furia es tan incontenible como amarga y oscura es la pena. Son días de soledad y llanto sin motivo, mis queridos conmarujos; o en su versión más reciente, de muchos kilómetros corriendo con la música lo suficientemente alta como para silenciar los pensamientos autodestructivos. Por tanto, mi querido desgraciado, ni se te ocurra  decirme que se nota que estoy en uno de esos días, que soy insoportable o, mi preferida y más aguda apreciación, que soy mujer, porque solo podré decirte una cosa: “premenstrúa tú, si tienes huevos”.

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