Trabajar vuelve a dignificar

___El becario___

San Hollywood casi siempre nos ha sugerido en sus películas que trabajar en exceso es malo; que quien se vuelca en su trabajo, termina por olvidarse de lo verdaderamente importante de la vida: la familia, el amor, los amigos… Y claro, acaba pagando las consecuencias: arruina su matrimonio, los hijos terminan por odiarle, se queda solo… ¿Y todo por qué? Por una carrera profesional que en realidad no era tan importante. Pues bien, con El Becario, el discurso cambia por completo.

Jules (Anne Hathaway) es una joven emprendedora que ha logrado hacer que su startup de moda se eleve hasta lo más alto del sector. Como son todos muy modernos e ideales, deciden implantar un programa de becarios séniors para profesionales jubilados con sobrada experiencia. Y aquí aparece Ben (Robert de Niro), un entrañable exdirectivo que será el encargado de hacer ver a Jules lo importante de la vida, que curiosamente no es lo que todos pensaríamos. El film es correcto, entretenido y, por momentos, incluso divertido y gracioso. Eso sí, se esfuerza tanto por huir del cliché americanoide que acaba cayendo en el contracliché, en el tópico de lo no convencional, en lo primero que pensaríamos si alguien nos dijera que el film tendrá un planteamiento completamente “diferente”. La supuesta huida yanqui se manifiesta en todos los detalles. La cinta respira un tufillo nórdico más propio de un spot de Ikea que de una propuesta del otro lado del charco, pero las intenciones rupturistas son tan evidentes que da cierta grimilla y hasta vergüenza ajena. El supuesto feminismo reflejado en el personaje de la Hathaway se convierte en paternalismo barato, y ahora sí muy made in USA, en cuanto pasa por el filtro de los contradictorios y nada convincentes consejos del becario.

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El discurso de la emprendeduría, la pasión por el trabajo por encima de todas las cosas (por encima incluso del marido, la hija, el hogar, los amigos y la propia salud) está tan estresado, tan forzado y es tan poco sutil que una no puede sino pensar, una vez más, en la teoría de la conspiración a través del cine. En tiempos de vacas flacas, de crisis de fe laboral, de ensalzamiento de los valores tradicionales como el amor, la familia, lo auténtico, es necesario que alguien nos haga tragar de nuevo un discurso que venda de un modo más convincente el dejarse la piel por la carrera profesional de uno. Y qué mejor manera, y más actual imposible, que hacerlo a través de una mujer triunfadora. Oh, qué modernos somos todos… Incluidos los yanquis que ahora se las dan de europeos con casas Pinterest y estilismos muy british.

Una cinta simplista, ingenua, previsible en lo supuestamente no convencional, pero con una mensaje clarísimo detrás que cambia por completo el discurso de “la familia es lo primero”.

*Crítica publicada en la cartelera Turia en noviembre de 2015.

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