Solteros 30+. Los motivos del fracaso

El soltero. El mito inalcanzable de los que están comprometidos; el anhelo secreto de las parejas estables; la utopía de los matrimonios de larga duración; la ensoñación recurrente del frustrado marido y de la esposa desesperada. La soltería es un estado, en teoría pasajero, que a partir de cierta edad, seamos sinceros, pierde la gracia y carece de morbo. A ojos ajenos puede resultar estimulante, incuso sexy; pero, mis queridos conmarujos, ser soltero después de los treinta es, cuando menos, complicado. Hay varios motivos que convierten al seductor llanero solitario o, en su versión femenina, a la desafiante amazona sin compañía, en un triste y aburrido ser.

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El primero de ellos es que salir ya no es tan divertido y estimulante como cuando tenías veinte. Antes te valía con conocer de vista a la gente con la que salías y beber mucho. Ahora ya no es lo mismo. Con los años has aplicado diferentes filtros y tienes un círculo más o menos cerrado de colegas estables, los cuales tienen nombre y no apodo y saben algo más de ti aparte de que bebes gyn-lemon. ¿Cuál es el problema?, os preguntaréis. Pues básicamente que todos tienen pareja. De hecho, tú también la tenías hace unos meses, pero ahora eres EL SOLTERO del grupo. Ellos siempre tienen planes conjuntos y tú tratas de orquestar siempre uno más conjunto todavía que te incluya, pero no siempre hay suerte. Las parejas tienen muchas cosas de pareja que hacer y tú eres una mosca cojonera que golpea su brazo una y otra vez demandando atención. Te has convertido en el perrete que hay que sacar a pasear, en el cachorro que siempre quiere jugar. Ellos son perros viejos, con parejas viejas también, que pasan de tu recién adquirido rollo readolescente (“re” de hiperbólico, por lo salido; y de otra vez, porque por aquí ya pasaste, campeón).

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Un día consigues que todos acepten y salgan contigo a “ligar”. La dinámica es la siguiente: tú haces el triste y ellos miran. Claro. O lo que es peor, te dan consejos de exligadores experimentados, como si tú no hubieras ligado jamás, vamos. Aunque por lo mal que se te da, podríamos deducir que no. Pero el problema no es tuyo, sino del mercado. Y aquí llega la segunda jodienda de ser soltero después de los treinta: cuando entras en una discoteca, te conviertes automáticamente en el padre/madre de todo ser viviente, danzante y transpirante a tu alrededor. Sí, querido, eres el más viejo del lugar. Ellas parecen tus hijas y ellos esperan ansiosos su biberón (que no tu pecho). Te haces de tripas corazón y te planteas dos objetivos asequibles para la noche: que sea mayor de edad y que tenga el graduado escolar. Cuando se lo cuentas a tu amiga casada, que se descojona en tu cara sabiéndose superior (porque ella follará esa noche y tú, con bastante seguridad, no), te responde entre risas: “¿lo del graduado es imprescindible?”. Tu cierras los ojos, te santiguas, aunque eres atea, y eliges casi como quien comprueba de dónde viene el viento, al que parece el más adulto de la pista de baile (pista de baile, vale, ahora sé que soy mayor). ¿Cuál es el problema? Muy fácil. Si te acercas tú, el niño saldrá por patas, cagadito vivo de que una MUJER se le acerque con mucho descaro y ningún pudor adolescente. Y si esperas a que venga él…. Ay, amiga (aplicable también a hombres), olvídate. Puedes quedarte bizca haciéndole ojitos que no vendrá.

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Entonces piensas, “si ya lo digo yo, que a mí me gustan creciditos”. Como mínimo treinta, aunque preferiblemente más cerca de los cuarenta, que saben ya lo que se hacen (mentira y gorda, pero la fe es lo que tiene, es ciega). ¿Cuál es el problema en este punto? Sencillo a la par que deprimente. Entre los treinta y los cincuenta se producen dos rounds vitales. El número uno, el de la primera pareja estable, se produce hacia fínales de la veintena y principios de la treintena. El segundo, el de después del divorcio, después de los cuarenta (y sus correspondientes crisis existenciales). ¿Conclusiones? De los treinta a los cuarenta, los buenos están todos pillados y viviendo felices con sus respectivas parejas. Disfrutando de su primer piso en común, de sus todavía excitantes noches de pasión y, con suerte o desgracia (y menos pasión), de su primer vástago. Está claro, ¿no? Vamos a por el segundo round. Ponme uno cuarenta +, por favor. Con los séniors libres hay dos opciones: que sean divorciados que, en el mejor de los casos, traen una mochila sentimental gigante a sus espaldas, y en el peor, una familiar (no cuido niños ajenos, gracias, y propios, casi seguro, tampoco); o que sean solteros. En este momento en la mente de toda mujer retorcida y mal pensada, o sea toda mujer, una pregunta brilla con más fuerza que un neón en un puticlub: ¿42 y soltero? ¿Dónde está la tara?

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Pero lo peor de todo no es el conflicto generacional ni los lastres del pasado. Lo más calamitoso es lo difícil que resulta abrir círculos nuevos cuando tienes más de treinta. Ya no sales tanto, tu vida es pura rutina, te vuelves más exigente, maniático y solitario… Así que conocer gente nueva se convierte en una misión digna de Ethan Hunt. Cuando tienes veinte, conocer a alguien significa VER que está bueno y SABER que sale por los mismos antros que tú. Con treinta, necesitas más datos: qué dieta sigue, qué deportes practica, qué cine le gusta, en qué trabaja, si tiene piso en propiedad, quién es y cuánto hace que dejó a su ex y un larguísimo e indigerible etcétera. Igual soy yo que pido currículum hasta para echar un polvo, pero qué queréis que os diga, una tiene el morro fino.

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Entonces pasas a la fase terminal del soltero, la más patética y lamentable de todas las etapas: mendigar solteros interesantes a tus compañeros de trabajo, conocidos del gimnasio, familiares cercanos, incluso, aceptas los consejos y sugerencias de tu madre. Llegados a este punto, triste es una palabra que se queda corta para describir el grado de desesperación del soltero común mayor de treinta. De la noche a la mañana te has convertido en el homeless del amor y del sexo. Pero esta estrategia tampoco suele funcionar. Juntar a dos solterones y que, inmediatmaente, no se huelan el culo el uno al otro buscando el más mínimo aroma de desesperación y sombra en el corazón no es fácil. Porque al primer indicio de problemas, ZAS: se rompe el encantamiento y cada uno vuelve a su casa a ser feliz en la intimidad.

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Es el fin. Te das por vencido y te vuelcas en el deporte para, uno, no subirte por las paredes; dos, no volcarte encima del primero que pase. Hay que mantener el criterio y la dignidad siempre, queridos. Y entonces un día aparece en tu vida Tinder; el olimpo de los solteros, el catálogo del amor, el paraíso de la felicidad efímera y del romanticismo momentáneo. Suerte que existen inventos como este. ¿Suerte? Mis queridos conmarujos, no hay teclados suficientes en el mundo para escribir sobre las experiencias tinderísticas. Pero esto lo veremos en un capítulo aparte. Mientras tanto, disfruten de su ansiada libertad o aprieten con fuerza a sus parejas, no sea que un soltero hambriento se las lleve al huerto en un ataque de gula incontenible.

Madrid, Espa–a. 22/10/2011. Retrato del actor Maxi Iglesias.

Madrid, Espa–a. 22/10/2011. Retrato del actor Maxi Iglesias.

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