Yo, este verano, me quedo

Cuando llega el veranito, las agencias de publicidad como la que La Maru habita a diario se llenan de hombres en bermudas, de bronceadas señoritas con vestidos monísimos y el ambiente lo inundan las llamadas de clientes con mucha prisa por “cerrar temas”, temas que en septiembre habrán olvidado por completo e, irremediablemente, tendremos (subrayo el plural) que volver a abrir. Pero si hay algo típico y tópico en las agencias en verano son las conversaciones prevacacionales. “¿Dónde vas este año de vacaciones?” puede que sea la frase más repetida en el mes de julio. Y ojito con lo que respondes porque el destino que hayas elegido marcará el posicionamiento de tu próximo curso escolar. Pue sí, chatos, así de pijos y snobs somos en publicidad. Me horroriza corroborarlo cada año pero, bueno, el primer paso para corregir un mal hábito es admitirlo.

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Como en el peinado, la tienda en la que compras la fruta o la web online de referencia para hacerse con la mochila más molona, el viajar entre publicistas también es cosas de modas. Hace unos años, el que no había ido a Tailandia era un loser absoluto. De hecho, yo, como siempre tarde, me sumé al carro de los mochileros asiáticos en 2013. Cuando me dio por preguntar, me ahogué en la lluvia de consejos, pues el 80% de los publicitos ya había visitado el país. “Tailandia ya no es lo que era. Ahora es superturístico”, me decían todos. Yo no sé cómo sería “antes”, pero desde luego a mí se me antojó un Lloret de Mar de playas paradisíacas. Razón no les faltaba. Y es que en 2013, los más osados de los modernos se aventuraban a volar a países como Camboya, Vietnam o Laos; incluso, algún tarado, a la Filipinas pretifón. Hoy, cuando escucho en las conversaciones matutinas de café que alguien va a recorrer Vietnam, pienso avergonzada: “Eso es tan de 2013…” Y lo luego me invade la culpa por ser tan imbécil.

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Y es que es así, mis queridos conmarujos, en ciertos círculos (la publicidad no es el único) la gente compite por alzarse con el título al viajero más atrevido, más exótico o más original. Ser el que vuelve más moreno ya no es sinónimo de verano diez; ahora, lo importante es volver delgado, porque eso significa que lo has pasado mal, que has decidido renunciar a las comodidades del día a día para tirarte un mes paseando una mochila roñosa por países que te eran completamente indiferentes (es más, no sabías ni dónde estaban) hasta que los viste en la pantalla del ordenador vecino. Lo más cool es traerte un objeto tradicional para ponerlo sobre tu mesa, justo al lado de esa libreta de papel reciclado tan super-ultra-mega-moderna que te regaló un proveedor por navidad. Pero no vale un suvenir cualquiera, no. Es necesario que tenga un significado muy especial y que detrás haya una gran historia que narre cuán complicado fue conseguirlo.

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¿Dónde han quedado los apartamentos, el camping, el pueblo o no moverse y ser el puto amo de una ciudad a lo Abre los ojos? Planes tan válidos como cualquier otro. A veces, incluso más. Eso sí, prepárate para ser el pringado máximo en septiembre, para ser ignorado en cada café postverano, para sentirte un cero a la izquierda en la primera comida de tupper. Tú no serás nadie y tu verano, una oportunidad perdida, un insignificante mes (con suerte) lleno de días vacíos de emoción, carentes de aventuras, huecos de interés. No importa si has salido cada día y cada noche. Da igual que estés tan bronceado que parezca que has abandonado tu raza original. A nadie le importará que hayas tenido tres romances y mil y una noches de pasión. Si no te han comido los mosquitos en Tanzania, has alquilado una caravana en California o te has bañado con tiburones en el Mar Caribe, tus vacaciones habrán sido una PUTA MIERDA.

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Y yo digo, estáis muy equivocados, señores y señoras “voy muy lejos y me lo paso mejor”. ¿Qué mejor momento que el verano para leer sin prisa y sin pausa en la playa que tienes al lado de casa? Sí, esa que tienes taaaaaan vista, pero a la que nunca tienes tiempo de ir. ¿Acaso no es la época estival el tiempo perfecto para conocer todas las terrazas y locales de una ciudad que es tuya porque lo dices tú, pero que nunca pisas porque estás muy ocupado? Levantarte por la mañana sin saber qué vas a hacer, coger el coche e improvisar un destino. Eso también son aventuras. Convertir una sobremesa con amigos en una merienda, una cena y una noche interminable a la luz de la luna, con sabor a vino y aroma a citronela. Eso también es estar en el paraíso. Ir al gimnasio y no tener que luchar por conseguir el último disco bueno de cinco kilos en una clase de Body Pump. Eso también es probar cosas nuevas. Conseguir un hueco en la piscina municipal abriéndote paso entre la chiquillería sin que te caiga una bomba encima o te pase un minibuzo entre las piernas. Vale, eso no mola nada. Pero, pensemos: ¿cuánto tiempo hace que no nos dedicamos a hacer alguna de estas cosas? Pues resulta que el verano es el momento perfecto para hacerlas todas.

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Quizá sea porque soy el Podemos de los veranos. O porque este 2015 me alzo como la defensora de las vacaciones de antes, esas que consistían en NO HACER NADA y cuya única planificación era comer cuando tenías hambre. Quizá sea eso o tal vez que la mudanza me ha dejado tiesa y este año mi nivel de multiculturalidad depende de lo que baje al centro. A lo mejor solo es una vendetta verbal hacia los que tienen la suerte de volar a la otra punta del mundo. Sea como sea, #YoEsteVeranoMeQuedo y pienso disfrutarlo como si no hubiera otro.

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