Orgullo de políticos

Un año más, y no habiéndolo en absoluto planeado, La Maru se ha quedado sin ir al Orgullo. La semana pasada, mientras se celebraba en Barcelona, yo me iba de bodorrio (ultragay y ultraorgullo, con travesti incluida, eso sí); y este fin de semana, mientras en Madrid se celebraba la fiesta de la libertad sexual, yo le entregaba en Valencia el premio Turia a Macarena Gómez por su papel en Musarañas. Vamos, que me he quedado sin fiestorro un año más. Pero del artículo posterior para analizar las consecuencias socio-políticas de dicho evento, tras soltar el lastre municipal del PP, no os libra ni Mariano.

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Por primera vez, en dos ayuntamientos, el de Valencia y el de Madrid, ondeaba la bandera arcoíris en el balcón principal de sus respectivos edificios. Durante los 24 años que Rita Barberá ha mangoneado (porque no hay verbo mejor para definir su gestión) la ciudad de Valencia, el colectivo gay, paradójicamente, nunca había tenido semejante reconocimiento oficial (ya sabéis la sorprendente contradicción dónde reside). Lo mismo ha ocurrido en Madrid. Hoy me alegraba la comida del domingo viendo a un Pablo Iglesias divertidísimo bailar la conga a ritmo del mítico himno gay “A quién le importa” de nuestra querida Alaska. Y no solo eso, Pedro Sánchez, Alberto Garzón, Manuela Carmena y Miguel Carmona, acompañaban en la manifestación al descoletado  “coletas”. Orgullosos todos. Por supuesto, no han tardado en aparecer las primeras voces críticas. Que por qué la bandera gay tiene que ondear en el balcón de un ayuntamiento, que qué populista y oportunista el señor Iglesias, que por qué los gais tienen que celebrar nada si lo importante no es la excepción sino la normalización, etc, etc, etc. Y todo es cierto y cuestionable hasta cierto punto. He tenido esta discusión infinidad de veces. Si lo que busca el colectivo LGTB es la normalización, ¿por qué hay que dar la nota de esa manera? ¿Por qué tiene que enterarse todo el mundo de con quién se acuesta nadie? ¿Por qué celebrar la diferencia si precisamente es lo que se pretende neutralizar? Pues porque la represión, la marginación, el odio y el rechazo han sido tan fuertes durante años que el poder expresarse libremente sin temer por tu vida es motivo de celebración. Por tanto, no se celebra acostarse con hombres, con mujeres o haber cambiado de sexo, se celebra poder hacerlo en libertad sin tener que regalar la vida a cambio. Se aplaude vivir en una sociedad que empieza a respetar a los que durante años han sido considerados parias, depravados y viciosos. Se festeja el amparo de unas leyes que persiguen al que atente contra la libertad de expresión sexual y sentimental de estos individuos. Se jalea porque los derechos cada vez son más equitativos. Porque los ciudadanos de segunda cada vez lo son menos. Porque, incluso en países de rancia doble moral y profunda tradición religiosa como EEUU, se ha dado un grandísimo paso hacia delante en este sentido. Ese es el motivo del festejo y no otro. Por ahí es por donde se cuela el orgullo y no por otro lado.

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Aunque para mí este año el orgullo tiene otro carácter, una connotación mucho más potente. El orgullo de los ciudadanos por unos representantes públicos comprometidos. Por unos dirigentes políticos cercanos, contentos, en comunión con el mood de sus ciudadanos y, por supuesto, orgullosos. Y es que por primera vez en muchos años, hemos visto a las diferentes formaciones políticas apoyando la causa, animando a un colectivo siempre marginado, festejando con ellos, arrimando el hombro y, por supuesto (y por qué no), colgando la bandera gay en el balcón del ayuntamiento. “Esa bandera no debería estar ahí”, he leído en algunos comentarios en Facebook. No debería estar ahí de forma permanente, estoy completamente de acuerdo. Pero, ¿por qué no colgarla para solidarizarse y festejar durante los días que dura el Orgullo (una sola semana)? Es la mejor forma de reflejar el carácter plural y libre de un gobierno, de respetar las necesidades de los votantes, las de TODOS. ¿Acaso no se llena la ciudad de banderas del equipo local cuando gana o se vuelcan los organismos públicos con los eventos deportivos, independientemente de si gustan a la totalidad de sus ciudadanos o no? ¿Se puede colgar una bandera del Real Madrid en Cibeles pero no una bandera arcoíris en el balcón del ayuntamiento durante la semana del orgullo gay? Extraño razonamiento, ¿no? Es que yo no soy gay y no me siento representado. Ni yo del Real Madrid, querido.

El verdadero orgullo este año, por tanto, es sentir que por fin hay alguien al otro lado, personas, y no monigotes, sensibilizados con las necesidades de los ciudadanos, de todos los ciudadanos. Alguien que no tiene miedo a salir en un informativo bailando la conga, sudado y quebrantando por completo la corrección y diplomacia que se le presupone merece un aplauso. Pablo Iglesias, yo te digo: BRAVO. El verdadero motivo para estar orgulloso es que tus representantes te representen y que lo hagan sin vergüenza alguna, sin pudor y sin complejos. Y si es mucho pedir que después de 24 años una sencilla bandera, preciosa por otro lado, ondee durante unos días, me parece que hemos perdido por completo la humanidad, la empatía y la sensibilidad.

Viva el cambio y viva la diferencia.

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