Hijos de una sociedad enferma

Sabéis que como publicista responsable que soy, me niego a hablar de publicidad en este blog. Entre otras cosas, porque no me interesa, a no ser que me introduzca un jugoso tema social o de actualidad. Este fin de semana vi en el cine un spot que me dio que pensar y que enlaza perfectamente con un tema que hace semanas que rumio. Se trata de la nueva campaña del gobierno contra la violencia de género adolescente. ¿Qué? Exacto. Eso mismo pensé yo. Así estamos, mis queridos conmarujos, jodidos desde casi la más tierna infancia.

No es la primera vez que una campaña contra el machismo se dirige a este público objetivo. En otra ocasión, ya vi el que era mi barrio hasta hace un mes empapelado con posters que alertaban, de un modo didáctico, sobre las conductas encubiertas de violencia de género entre adolescentes. Y ya en su momento me pareció inaudito que estemos pasando por esto como país. Una sociedad supuestamente moderna, tolerante y europea. ¡JA! Me río de Janeiro. Vivimos en un entorno enfermo y frenético que no tiene tiempo de inculcar valores a sus próximas generaciones. Que replica esquemas erróneos una y otra vez, aunque luego se le llene la boca de orgullo, dándoselas de evolucionada y se le abran los ojos como platos cuando ocurre una tragedia. El machismo es un mal endémico en nuestro país. Le pese a quien le pese. Por desgracia, sigue habiendo millones de hombres, y lo que es mucho peor, mujeres, que piensan en estas últimas como un complemento de los primeros, como un apéndice, como la pieza incompleta e imperfecta del modelo estrella. Mujeres que siguen creyendo que han venido a este mundo para servirlos a ellos y darles placer a cambio de la ilusión de una relación sentimental, una familia o protección y seguridad de por vida. Cuando esto se manifiesta en adultos es patético, lamentable e inadmisible. Pero cuando azota con fuerza a los adolescentes es, simplemente, desolador.

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Pasear por mi antiguo barrio era como estar presenciando un experimento sociológico ininterrumpido y directo. Manadas de adolescentes en la calle, relacionándose unos con otros, estableciendo ya sus primeros roles de género. Verlos actuar y escuchar sus conversaciones me ponía la piel de gallina. Pero claro, no hay más que revisar sus referentes más próximos. El raeggeton, sin ir más lejos, la música que los bombardea cuando salen a bailar. Letras cargaditas de desprecio, sumisión y violencia. Insultos, humillación y el sexo como moneda de cambio. Y luego ellos, inocentes, nos destrozan los oídos a los demás escupiendo estas melodías infernales desde sus teléfonos último modelo, sin darse cuenta del daño que se autoinfligen. Como consecuencia, ellas aprenden que tienen que estar sexys para atraer miradas y cuando uno las mire dos veces y les grabe a fuego su marca, no recibir ni una mirada más. Entienden que tienen que obedecer, que si no, él se irá. Que mejor calladitas. Que hay que complacer y que no ser complacidas no debe ser un problema. Ojito con manifestar tus auténticos deseos y sentimientos. Ellos, por su parte, aprenden que deben llevar los pantalones. Que no pueden mostrarse débiles, frágiles ni tiernos, no sea que alguien los tome por sensibles o lo que es mucho peor, por maricones. Interiorizan que el poder es lo único que cuenta y que se ejerce a las buenas o a las malas. Y luego viene una campaña cargada de buenas intenciones a intentar formatear el disco duro, pero el virus hace tiempo que ha invadido el sistema operativo. Difícil solución.

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La semana pasada nos dejó el capítulo más dramático en la historia de la enseñanza de este país. Había habido agresiones a profesores en otras ocasiones, pero nunca un asesinato a sangre fría. La tragedia del I.E.S Joan Fuster de Barcelona nos ha puesto a todos los pelos de punta y la cabeza a dar vueltas sobre un tema que hace mucho que está sobre la mesa. En mi caso, mucho más y mucho antes, pues vengo de una familia repleta de maestros y profesores. Por tanto, sé bien de lo que hablo cuando digo que confundimos las responsabilidades sin cesar. Estamos cediendo a la escuela una función propia de la familia: la educación. Ayudar al individuo a desarrollarse como tal, a base de valores que lo enriquezcan y lo maduren, es cosa de los padres y del entorno más cercano. Llenar a un ser humano de amor para que aprenda la importancia de la empatía, la compasión o el agradecimiento, es labor del círculo íntimo del niño. Apoyar, reafirmar, corregir, guiar, reconfortar… eso es ser padre. La enseñanza forma, instruye, enseña, otorga conocimientos y, por supuesto, refuerza o respalda los valores aprendidos en casa, pero los encargados de que un individuo sea pleno son sus progenitores y, en la edad adulta, él mismo. Pero claro, estamos todos tan ocupados, tan estresados, tan inmersos en nuestros propios problemas que es imposible dedicarle tiempo a un ser endeble, en constante demanda de atención afectiva y psíquica. Y de nada sirve la labor de la escuela si lo que se mama en casa, en el mejor de los casos, es la indiferencia. En el peor, la crueldad.

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Y, por si fuera poco, nuestro bendito sistema no hace sino debilitar todavía más la que en muchos casos está siendo la única fuente de educación del individuo: la enseñanza pública. Recortes en el profesorado, retraso en las suplencias, repelado general de becas y ayudas y lo último, la propuesta de las nuevas revalidas. Un examen tipo test de 350 preguntas que mide a la perfección lo más importante para la vida futura de un ser humano: la capacidad para retener conocimientos teóricos. Porque para qué necesitamos aprender a pensar, a analizar, a discutir, a rebatir. De nada nos servirá saber elaborar un discurso propio, saber expresarnos, escribir sin faltas, ordenar la información, expresar una idea, crear una idea. Desde luego, a ellos no les sirve de nada. Pero luego no nos sorprendamos, señores, si el futuro de este país por una panda de deficientes emocionales, adictos a la tecnología y a las redes sociales, devoradores de realities absurdos e incondicionales seguidores de la más analfabeta. Y estos son los padres. Imaginaos a sus hijos.

Cuando una se deja llevar por su demoníaca imaginación y sugiere que para votar y para ser padre haría falta un examen de capacitación, la tachan de prepotente, tirana y déspota. Perdonadme pero, visto lo visto, sería lo más sensato. El voto de un imbécil no debería tener el mismo valor. Y con imbécil no me refiero al que piensa diferente a mí. Me refiero al que ni sabe ni quiere pensar. Es bastante distinto. En el momento en el que estamos, no tener hijos es, bajo mi punto de vista, una de las decisiones más acertadas. He tenido que escuchar de todo en esta vida cuando digo que no quiero ser madre, que no me interesa, que quiero dedicarme a mí, que no me apetece compartir el protagonismo de mi vida con nadie porque, además, seguro que no lo haría bien. “Egoísta” suele ser la primera palabra que sale de sus bocas. Pero decidme una cosa, mis queridos conmarujos, ¿quién es más egoísta, el que no quiere tener hijos porque se quiere demasiado a sí mismo o el que los tiene porque es lo que toca, por suplir carencias personales o por aburrimiento y luego los ignora, los malcría y deja que sean otros los que sufran las consecuencias? Como decimos en publicidad, dadle una vuelta.

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