El juicio de nunca acabar

___Gett. El divorcio de Viviane Amsalem___

Las relaciones personales son lo más complicado que poseemos, ya que son el resultado del cruce de la complejidad y singularidad de dos mentes y dos corazones muy distintos. Cuando se trata de las de tipo sentimental, ya ni te cuento. Y en este mundo loco que vivimos ahora, las relaciones se han vuelto un deporte de riesgo. El ritmo frenético, el culto a la individualidad, el hambre voraz del ego, las taras que todos arrastramos fruto de lo anterior… Todo ello hace que compartir nuestra vida con alguien sea tremendamente complicado. Lo bueno es que cuando algo no funciona, se da por terminado y a otra cosa, mariposa (no tan fácil ni tan inocuo). Imaginaos lo frustrante de una relación rota, imposible de recomponer, y que por ley no se puede disolver. 

Gett, el divorcio de Viviane Amsalem narra la desesperación de una judía que quiere divorciarse de su marido, el cual se niega a liberarla, a pesar de vivir ya separados. Según la ley israelí, y puesto que en el estado no existe todavía el matrimonio civil, solo el marido puede conceder el divorcio. La película la configuran las diferentes sesiones a las que el matrimonio asiste en el juzgado, acompañado de sus respectivos abogados y los testigos que el tribunal va solicitando. El film narra un tortuoso proceso de cinco años de idas y venidas al juzgado con el único propósito de que los rabinos encargados del caso determinen la idoneidad del divorcio. A pesar de desarrollarse en una sola localización, fea, sucia, austera, que hace juego con los personajes, sencillos, humildes, decorosos, la cinta explora con sorprendente atractivo los entresijos del todavía más que presente machismo de la religión judía ortodoxa. Los diálogos están escritos con inteligencia y gancho y plasman con claridad meridiana el doble discurso de las partes: el de un entregado rabino que defiende la integridad y la corrección como marido de su cliente y hermano; y el de un abogado abierto de miras y no tan religioso que defiende a capa y espada la libertad, la dignidad y los derechos de una mujer amargada, desesperada y frustrada al no conseguir deshacerse legalmente de un cónyuge al cual detesta. Las interpretaciones elevan esta sencilla estructura narrativa a lo más alto. Y la brillante y luminosa fotografía aporta honestidad, verdad y claridad a los hechos.

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El film empieza en blanco y negro. Y no me refiero a la ausencia de color en la película, pues sí que lo hay, sino a que todo está compuesto a partir de estos dos colores. Paredes blancas y trajes negros. Rostros pálidos, cabellos negros. A medida que la verdad sobre el matrimonio aflora, el color va apareciendo en el vestuario de ambos. La contenida y sumisa protagonista va dejando paso a una mujer con arrojo y valentía que grita y araña por su libertad.

Un reflejo maravilloso del retrógrado papel de la mujer en la religión judía. Una muestra fantástica del deterioro de un matrimonio. Una película estupenda, sencilla pero contundente, que habla de la incomprensión, el desamparo y la impotencia que provoca un sistema jurídico-religioso absurdo.

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