Vade retro, Satanás

___Annie___

Dejar las cosas a medias no va conmigo. No me gusta abandonar un libro sin terminarlo. No me gusta salir antes de una clase del gimnasio. No me gusta zanjar una conversación sin haberlo dicho todo. Y, por supuesto, no me gusta salir del cine a mitad de la película. Pero, queridos, hay veces que es necesario. Annie ha sido mi primera huida épica.

No sé ni por dónde empezar. Igual la sinopsis ayuda. Annie cuenta la historia de una niña huérfana que vive en una especie de hogar de acogida particular regentado por una malévola y alcohólica excantante de rock (Cameron Díaz). La niña, de diez años, vive obsesionada con encontrar a sus padres biológicos, los cuales la abandonaron en un restaurante italiano cuando tenía cuatro. Pero su vida da un giro cuando un distante y antipático candidato a la alcaldía de Nueva York decide acogerla para ganar puntos antes sus posibles votantes. La película en cuestión es un remake de un film del año 82. Podríamos decir que la versión actual ha sido escrita, dirigida, interpretada y decorada (entendiendo decorar por toda la dirección artística) por un grupo de ciegos, sordos y “profesionales” faltos de todo gusto y sensibilidad. Y me quedo corta, oiga. Las interpretaciones están pasadísimas, el guión es de trabajo de fin de curso de optativa del instituto y la dirección de arte es artificial, cursi y ñoña. Me llevo las manos a los ojos. No quiero ver, de verdad, no quiero ni puedo seguir mirando esta hez fílmica. Me invade la vergüenza ajena. Pero si hay algo que horroriza en este sinsentido de casi dos horas es la banda sonora y sus ortopédicas y manidas coreografías. Coged a Katy Perry, Hannah Montana (Miley Cyrus o cómo coño se llame ahora) y dos o tres petardas yanquis horteras del estilo y ponedlas a componer un musical; dadles al peor estilista de la historia y a un coreógrafo invidente y arrítmico. Y Voila. He aquí Annie, el musical del año. Por si fuera poco, el tono de la cinta es infantiloide (que no infantil), cursi hasta decir basta y frívolo. Si apreciáis vuestra salud mental huid lo más lejos que podáis de este película y su ola de desgracia. Yo salí de la sala llorando del disgusto (no sin antes vomitar en mi butaca). No queráis lo mismo para vosotros o vuestros seres queridos.

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