Sorpresa mínima

___Premios Goya 2015___

2014 ha sido, sin duda, uno de los mejores años en la historia del cine español. Y no solo por la reconciliación con los espectadores que logró Ocho apellidos vascos,  en términos de taquilla pero también de reputación cinematográfica, sino porque nuestro cine ha parido grandes obras durante estos magníficos e irrepetibles 12 meses. Pero digo yo que si el año ha sido tan boyante, el monopolio de estatuillas de La Isla mínima (10 Goyas) es, cuando menos, injusto. La cosa podría haber estado un poco más repartida y la moral minada de un sector languideciente hasta hace muy poco, recuperada. Y es que había mucho talento que reconocer este año.

La gala empezaba puntual a las diez de la noche, no sin antes haber pasado por un especial “alfombra roja” (este año, rosa fucsia) para comentar el desfile de las celebridades; o más bien, de sus diseñadores, pues esto parece cada vez más un escaparate viviente. Un contenido Dani Rovira daba comienzo al espectáculo. Pintaba mal. Frío, distante y hortera como siempre, pero el excelente cómico reconvertido en actor de taquillazo templó sus nervios y prendió la mecha de una audiencia con ganas de pasarlo bien. A pesar del gran acierto que supuso Rovira y del logrado guión, repleto de buenos chistes y pullas miles al Ministerio de Cultura en general y al por fin presente Wert en particular, la gala se hizo, como siempre, larga e insufrible. Las actuaciones musicales fueron patéticas. Seguimos sin aprender que los numeritos con actores que quieren cantar dan pena y vergüenza ajena y que más vale ser bueno y breve que extenderse y dar la brasa.

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Los premios, bueno, sin sorpresa alguna. La isla mínima partía como favorita para arrasar con todo (17 nominaciones) y no defraudó. Mejor película, director (Alberto Rodíguez), actor (Javier Gutiérrez), vestuario, actriz revelación, montaje, dirección artística, dirección de fotografía, música original y guión original. Casi nada. El niño consiguió arañar cuatro premios menores, como mejor sonido o diseño de producción. Y Ocho apellidos vascos se llevó para casa el reconocimiento a lo mejor que tiene esa película, la interpretación de sus brillantes actores. Carmen Machi, Karra Elejalde y un emocionadísimo y sorprendido Dani Rovira se fueron para casa con algo más de peso, el del Goya y el de su inflado ego. Desilusionada me quedé con el premio a mejor actriz, pues yo aupaba hacia la victoria a la expresiva y desbordante Macarena Gómez o a la cruda y real María León. Pero no, la estatuilla se cobijó bajo el brazo de Bárbara Lennie por su papel protagonista en Magical Girl.  Despagada me dejó también el premio a actriz revelación, Nerea Barros, cuya participación en La isla mínima es exactamente eso, mínima. Nada que ver con la complejidad interpretativa del papel de Ingrid García-Jonsson en Hermosa juventud. El niño se quedó huérfano de premios gordos, empezando por su protagonista Jesús Castro, que fue arrollado por el carisma y la aplastante comicidad del monologuista malagueño.

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Pero sin duda, y con permiso del maestro Rovira, lo más divertido de la noche fue ver cómo TVE evitaba a toda costa el contraplano del ministro de cultura cada vez que alguien le daba una bofetada dialéctica desde el atril de agradecimientos. A pesar de los esfuerzos inhumanos del realizador, Wert fue protagonista en más de una ocasión, incluso interactuando con un valiente y deslenguado presentador que no paraba de llamarlo Nacho. El ministro se mordió la lengua en más de una ocasión. Todavía no entiendo cómo no murió allí mismo envenenado. Aguantó estoicamente la presión del auditorio, aunque tengo que decir que traía poco ensayada su poker face. Sin contar con las ya mencionadas desastrosas actuaciones musicales, el drama de la noche fue, sin duda, la iluminación; excesiva, brillante y nada favorecedora. Los rostros de las asistentes (era especialmente aterrador en ellas) brillaban más que en un concurso de culturismo. Entre la inexpresividad de los rostros derrotados y la brillante palidez cargada de imperfecciones y textura no deseada, parecía más bien que la cámara recorría las galerías del Museo de cera y no las butacas de la fama del cine español. Dantesco, de verdad. Horripilante y monstruoso.

A pesar de todo, el balance es positivo. Todavía queda mucho que mejorar en estas galas como espectáculo televisivo, pero vamos por el buen camino. Yo me quedo con lo más importante, que la sensación de injusticia que me inunda tiene su origen en el para mí injustificado monopolio de una película que arrasó y no quiso compartir con el resto de films excepcionales que nos ha regalado este magnífico 2014. Y eso es una muy buena señal de que algo se está haciendo bien. Veamos si 2015 acepta el reto de superarlo.

12503©joseharo

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