Poco documental y mucha banda sonora

___Camino a la escuela___

La educación da poder y libertad. Al menos esa es la premisa que nos llevan vendiendo en occidente desde tiempos inmemoriales. El que no sabe, no puede decidir. La pregunta para mí sería, ¿y qué necesidad tiene un indígena de saber nada de occidente? ¿Acaso somos más libres los que formamos parte del primer mundo por tener necesidades del tipo “vivir pegados a una pantalla de cinco pulgadas” o “renovar el armario cada temporada”? Me parece que no. Pero creo que este debate es demasiado complejo como para abordarlo en una crítica de cine.

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Dicho esto, Camino a la escuela es un documental que narra las peripecias de un grupo de niños que se dirige al colegio desde sus respectivas casas en los lugares más recónditos del planeta. Los protagonistas son: una niña que camina cada lunes cuatro horas por la cordillera del Atlas; dos hermanos que atraviesan hora y media de sabana africana (con todos los peligros que conlleva caminar entre, por ejemplo, elefantes); dos hermanos patagones (los más afortunados de la pieza) que cabalgan hora y media; y otros dos hermanos hindús que no solo caminan hasta su escuela una hora, sino que tienen que arrastrar a un tercero que va en una silla de ruedas oxidada y hecha pedazos. Como veréis, las historias son tremendas. Aun así, la película está contada con humor, simpatía, optimismo y, bajo mi punto de vista, un excesivo sentido didáctico. Los niños se esfuerzan por convencer al espectador de lo maravilloso que es estudiar a pesar de las adversidades; de lo espléndido que será su futuro si consiguen ser lo que occidente espera de ellos. Eso sí, tendrán que dejar atrás sus pueblos, sus familias y sus costumbres para convertirse en perfectos esclavos del primer mundo (esto lo añado yo). La fotografía es luminosa y brillante y esto contribuye a que el tono general de la pieza sea emotivo pero positivo. A pesar de la temática, no hay pena, no hay drama y no hay tensión. Los paisajes son abrumadores y la composición de plano bellísima. El problema viene con la narrativa. La mano hacedora es escandalosamente visible. Y no solo eso, sino que se nota el empujón dramático que tanto el guión como la banda sonora intentan dar al conjunto. Por momentos me parece estar viendo una cinta de ficción independiente. Y entonces dejo de creer y empiezo a dudar. En el caso argentino sobre todo, los refuerzos del creador son demasiado evidentes. Igual influye el idioma. Captar el tono de la frase en un africano es imposible. En cambio, en un hispanohablante es inevitable.

El final es emotivo y la sala entera se enternece pero resulta demasiado edulcorado. Se deja ver y entretiene pero, desde luego, ni conciencia ni sorprende.

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