¿Dónde está la uniqueness?

Los que trabajamos en publicidad utilizamos mucho una palabra. Bueno, miento. No es cosa nuestra, sino de los departamentos de marketing a los que les encanta comunicarse a base de anglicismos. De lo que no son conscientes es de que la mayor parte del tiempo están haciendo el ridículo. Anyway (¡Ja!), la uniqueness, o en castellano unicidad, es la singularidad de una marca o producto, es aquello que los hace únicos respecto a la competencia y con la que los clientes están obsesionados (incluso cuando no la tiene y exigen que nos la inventemos). Escuchando el otro día a Zapatero en la SER y leyendo hoy al respecto, me he preguntado dónde está la dichosa uniqueness de nuestros políticos, qué los hace diferentes. Y la respuesta ha retumbado con claridad en mi cabeza: NO LA HAY.

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Una sanísima costumbre (o no tanto, según se mire) que he heredado de mi madre es escuchar la radio mientras estoy en casa. De esta manera, para mi desgracia, me levanto y me acuesto con la casta política vomitando tonterías. ¿Masoquismo? Quizás, pero qué le voy a hacer, me va la marcha. Si algo he comprobado como acérrima radioyente es que todos los políticos pecan de lo mismo: no son humanos, son frías máquinas de argumentar. Pero cuando uno le habla a una persona, lo menos que podría hacer es hablarle como el ser humano que también es. Pero no es el caso. Para los que nos dedicamos a la comunicación, cómo se exprese un personaje público, qué tono utilice, qué elige decir y cómo lo hace, es fundamental. Nuestros queridos políticos no hablan desde la persona, no desde la naturalidad y la debilidad que supone no ser perfecto por el mero hecho de no ser una máquina, sino desde el encorsetado rol de oradores títere que se autoimponen al ser bautizados como representantes públicos. Ellos nunca se equivocan. Jamás flaquean. No deben admitir los fracasos. Todo error es pecado mortal. Y esa distancia con la humanidad del interlocutor es lo que los hace incomprensibles, fríos, falsos y nada empáticos. Si fueran una marca, nadie los compraría. Comunican desde sí mismos y desde el enorme y planificadísimo ego del partido. No saben escuchar. No quieren decir nada que no esté en el guión. No se permitirán jamás dejarse llevar. Escuchando a Zapatero, que ni está en el gobierno ni aspira a ello, me sangran los oídos. Pero no es el único, por supuesto. Mariano Rajoy y compañía son bastante amantes del hablar y hablar sin decir nada.

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Pues yo les digo: basta de eufemismos, de medias tintas y de rodeos. ¿Puede alguien, por favor, decir las cosas tal y como son? Agradeceríamos muchísimo un poco de hiriente sinceridad. Aunque duela, la verdad a veces es necesaria. ¿Por qué no reconocer una cagada? ¿Por qué no demostrar que por encima del cargo dichoso hay una persona que se intenta ganar la admiración, el respeto y el apoyo de otra (por muy votante que sea)? Quizá por eso Pablo Iglesias haya tenido tan buena acogida. No estoy diciendo que sus ideas sean mejores o factibles, pero sí que su forma de acercarse al electorado es otra, aunque tampoco la definitiva. Mis queridos conmarujos, nos merecemos que alguien nos hable con normalidad, sin insultar nuestra inteligencia y escupiéndonos la puta verdad a la cara. Merecemos que los discursos los escriban ellos y que a las preguntas comprometidas contesten con naturalidad y no siguiendo un maldito esquema de gabinete de crisis ¿Es mucho pedir? Obviamente, sí. Hay demasiado en juego.

Pero quizá solo el primer político que empiece a llamarle a las cosas por su nombre, el que se baje de su pedestal de aire y se dirija a los ciudadanos con un lenguaje y un tono que estos puedan comprender y con el cual se identifiquen, quizá solo él sea el que se lleve el gato al agua y convenza al electorado. Y no por la originalidad de sus ideas, sino por la uniqueness de su discurso.

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