Ni cuentos ni hadas.

___Mil noches, una boda___

Party Girl

Si en algo es especialista San Hollywood es en fabricar cuentos de hadas en serie. Toda princesa (mujer) tiene asignado por derecho divino un príncipe (hombre), amo y señor de un castillo (piso y buen trabajo) y que habitualmente galopa en su corcel blanco (cochazo/burra). El género de comedia romántica al completo ha instigado a millones de mujeres a esperar sentadas la llegada del descrito caballero. Pero por desgracia para todas ellas, el cuento es solo eso, un cuento. Ni hay príncipe ni princesas. Todos somos más feos al despertar y volvemos a ser nosotros mismos después del primer año de relación. Pero hay más, hay quien no quiere ser princesa, hay quien no espera ser rescatada porque, sencillamente, es feliz con su disparatada existencia.

Es el caso de Angélique, una bailarina de striptease de 60 años venida a menos, que mendiga clientes cada noche en un burdel hasta que se presenta en su puerta un antiguo cliente con un anillo de boda para retirarla y convertirla en su mujer. Pero a una pantera salvaje como ella no será fácil meterla en una jaula por muy dorada que sea. Mil noches, una boda, ganadora de los premios Mejor ópera prima y Mejor reparto en la sección “Un Certain Regard” del festival de Cannes, es un relato sensacional que nos cuenta la peculiar historia de esta mujer, su esfuerzo por encajar en una sociedad de la que siempre ha prescindido. Una mujer libre que solo quiere vivir a su aire, sin dar explicaciones, sin renunciar a nada.

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Es un film lleno de verdad. De sucia, grotesca y fea verdad. Sus tres directores han rodado una pieza casi documental, pues hay un alto nivel de realismo en cada uno de elementos que componen este certero relato. Una cámara viva se integra en cada escena como personaje mudo. Se mueve con soltura entre el reparto, casi como un reportero. Primeros planos, detalles, textura, olor, sensaciones. Todo está muy cerca. Me recuerda al estilo y narrativa de La vida de Adèle. Todo está contado desde dentro. La línea que separa al espectador del protagonista es solo un velo finísimo que apenas cumple su misión de recordarnos que es ficción. Con un estilo feísta y kitsch, el ojo del espectador se mueve ágil por la clase baja de una zona de Francia que roza ya Alemania. A pesar de todo el artificio visible que los personajes añaden a sus vidas, es un film de cara lavaba. No hay maquillaje narrativo ni estético. Todos los defectos están a la vista. La fotografía es otra de los grandes aciertos del film. De día, la trama se desarrolla bajo la imparable y brillante luz del sol, la de la verdad, la que nos permite ver la realidad tal cual es. De noche, los tonos rosados, naranjas y rojos lo cubren todo. Sensualidad, erotismo e, incluso, un pequeño espacio reservado a los sueños. El día escupe verdad. La noche apesta a mentiras. Y a pesar de que nuestra protagonista intenta moverse con la misma soltura a plena luz que entre las sombras, la vida es puta y no se lo pondrá fácil. 

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Mil noches, una boda es un relato sincero sobre la libertad del individuo. Una historia que narra sin colorantes ni conservantes el ansia irreprimible de algunas personas por sentirse completamente libres. Es Pretty Woman contado desde la realidad y no desde el cuento de hadas de la fábrica de los sueños. Por tanto, bastante más interesante.

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