La mujer que sabía demasiado.

___Perdida___

El cine, la televisión, la literatura, el arte o el teatro, cualquier pieza que implique observación, reflexión y creación, parte de una realidad, la que nos rodea, y la modifica aportando la particular visión del autor. El que niegue este proceso es que no tiene ni idea de cuán influenciable es nuestra sociedad, a la vez que inspiradora. En una ocasión, un lector de este blog, a propósito de una película que había criticado duramente por exceso de adoctrinamiento, comentó indignado que le fastidiaba sobremanera que algunos esperáramos una función educativa del cine. ¿Acaso no éramos conscientes de que es mero entretenimiento? Ay, querido, cuánta inocencia… Nadie espera que una película eduque, tampoco que nos enseñe a ser mejores personas (aunque muchas buenas películas reflejan valores que ayudan al ser humano a serlo más y mejor). Pero de lo que no hay duda es de que el cine influye, creando estereotipos, perpetuándolos y haciéndolos pasar por cualidades innatas. El público los interioriza inconscientemente y los repite casi sin darse cuenta. Y esto, señores, es así, aquí y en cualquier sitio. Y si hay un cine capaz de meterla doblada, con vaselina si hace falta, ese es el americano. A lo largo de los años, nos han convertido a su religión vital, con sus sueños, aspiraciones y obsesión por el éxito, sin que hayamos tenido la ocasión siquiera de plantearnos si la historia va con nosotros.

Perdida, la nueva y aclamada película de David Fincher, es otro caso en el que el mensaje latente, sutil pero efectivo, te cala hasta los huesos y casi ni te enteras. El cine americano, el que viene envasado y listo para que la masa se lo trague, suele mostrar unos estereotipos femeninos muy definidos. Lucía Etxebarría, en uno de sus libros (ahora no recuerdo cuál), estableció una sencilla diferenciación entre mujeres que me pareció, por desgracia, muy acertada. Según la escritora valenciana, existen dos tipos de mujer. La de clase A, la devota esposa, servicial, silenciosa y afable, la que todo hombre quiere a su lado, la encarnación de su madre; y la de clase B, la problemática, la que no se calla, la que no quiere obedecer por el mero hecho de ser mujer, en definitiva, la que molesta. Las primeras son ideales para casarse; las últimas, para compensar el aburrimiento que suscitan las primeras. El cine (un tipo en concreto) nos ha enseñado que la inteligencia en las mujeres solo es necesaria para dos cosas: uno, cazar al pardillo de turno; y dos, encajar con elegancia la falta de interés de este o sus evidentes pero silenciosas infidelidades. La mujer inteligente y fuerte per se, en cambio, es la que acaba pagando, la que termina por aprender a base de tortas, la que sufre. La inteligencia es una cualidad reservada a las malas madres, las nefastas esposas y, como en el caso de Perdida, a las psicópatas.

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En la película en cuestión, la controversia es doble, pues toca un tema que en esta país en concreto duele mucho: los malos tratos. Por desgracia, la violencia de género es noticia casi a diario. Las leyes no son lo suficientemente fuertes como para evitar que siga existiendo y algunos hombres todavía no tienen la mente limpia de machismos ancestrales y parcelas de poder conquistadas a la fuerza. En un país en el que todo esto ocurre, cómo se recibe un el caso de una mujer, una mala mujer, que finge malos tratos y consigue engañar a todo un país. Bajo mi punto de vista, es una frivolidad y una justificación innecesaria para los que siguen pensando que todas las mujeres somos iguales y merecemos ser castigadas por ello. No nos olvidemos que somos ese país en el que un gobernante dice públicamente que tiene miedo de subir en un ascensor con una mujer por si al bajar lo acusa de agresión sexual. No lo olvidemos. Y es que mujeres hijas de puta las hay. Al igual que hay grandísimos cabronazos. ¿Es la mala fe una característica inherente a la mujer? Obviamente, no. ¿Son todas las mujeres inteligentes frías, despiadadas y estrategas? Según San Hollywood, sí. Pero, por desgracia, todavía quedan muchas víctimas en este país y, seguramente, pagan las consecuencias de las que se aprovechan de ser el supuesto sexo débil. Perdida nos muestra exactamente ese caso. Relata cómo funciona el cerebro de una mujer retorcida. Cómo pasa de la inteligencia del cazador (pillar al hombre) a la manipulación de este (llevarlo al límite) y, de ahí, a la venganza. ¿Está este país preparado para recibir este tipo de impactos audiovisuales que relatan la excepción entendiendo que son eso, una excepción? Pues yo digo que no. ¿Tenemos la madurez suficiente como para aceptar esta historia como una caso aislado y cubrirlo de la capa crítica que merece? Yo digo que tampoco. ¿Es una gran película? Desde luego. Es un thriller trepidante que no te deja pestañear ni un instante, construido con maestría, aunque con alguna que otra trampa (por qué no decirlo). Pero bajo la superficie de telefilm con clase, late un mensaje muy, muy polémico. ¿Será todo el mundo capaz de verlo sin necesidad de usar las gafas de cerca? Mis queridos conmarujos, preguntadle a León de la Riva. Él os dará la respuesta.

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