¿Os acordáis cuando el aeróbic molaba?

Corría el año 92 cuando pisé por primera vez una clase de aeróbic. Era una niña muy inquieta así que ya venía de haber hecho ballet y gimnasia rítmica. Pero estos conceptos deportivos tan delicados y elásticos me venían grandes. Lo mío era más la descarga pura de mi recién estrenada energía desbordante. Música máquina a todo volumen, baile, saltos y un vestuario muy llamativo. El mundillo me sedujo de inmediato. Mamá, quiero hacer aeróbic. Y allá que me fui yo. Gloriosos noventas…

Aquellos fueron tiempos de maillots tanga repletos de agujeros. De calcetines blancos arrugados al tobillo. De medias color carne. De las Reebok Freestyle; blancas, inmaculadas. De moños estiradísimos y purpurina en el pelo. De rodillas, jumping jacks y pliométricos. Era la época dorada del aeróbic y yo acababa de aterrizar en ella. Competiciones, exhibiciones, convenciones y un montón de eventos acabados en “-ones”. El gimnasio era un lugar sagrado, casi secreto, al que acudíamos religiosamente dos veces por semana para dar clase y ensayar nuestra próxima coreografía estelar (que siempre empezaba y terminaba con una figura espectacular). En los gimnasios se podían hacer tres cosas: judo (o en su defecto, karate), máquinas (por aquel entonces fitness era una palabra alienígena) o aeróbic. Éramos cuatro gatos, pero nos lo pasábamos pipa. Ir al gimnasio no era un propósito de año nuevo ni la consecuencia de los remordimientos postverano. Era nuestra pasión, nuestro hobby y nadie se planteaba si era saludable, si quemabas calorías o si cumplía con los estándares de vida saludable. Nuestro reto era conseguir más camisetas de convenciones que el resto y nuestro sueño ser como Carmen Valderas y ganar el campeonato del mundo (la cual años después me formó como la instructora que hoy soy). Era una puta pasada. Y era nuestra puta pasada.

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Con los años, llegaron las variantes: steps, gacs, tonificaciones, aerodances, aerolatinos, Batukas y demás. El true aeróbic fue cayendo en el olvido y un sinfín de actividades vino a ocupar su lugar. Poco a poco el gimnasio fue perdiendo su cualidad de clan para dejar paso a la era de las puertas abiertas, la del deporte para todo el mundo. Y tras esta, llegó la que hoy vivimos, la del culto al cuerpo y la obsesión por la salud. El rarito ya no es el que va al gimnasio. Es el que no lo hace. Los diferentes son los que van en transporte público, no los que van en bici. El nuevo centro social ya no es el club de copas, sino el de corredores. El deporte ha llegado a nuestras vidas, las de todos, para quedarse y el que no esté dispuesto a dejarlo entrar adquirirá sin excepción el estatus de paria. Como profesional del fitness y orgulloso animal de gimnasio (con todas sus variantes, porque me gustan prácticamente todas), estoy encantada y feliz con este momento que vivimos. La oferta es increíble, cada vez más amplia, y las clases se abarrotan de gente que quiere ponerse en tus manos salvajes de instructora pirada. Pero, mis queridos conmarujos, en  medio de toda esta vorágine de salud y deporte, hay gente sufriendo. Gente que detesta el gimnasio y se está viendo socialmente presionada para ir. Gente que no disfruta bailando, pero se ve arrastrada por una amiga para probar Zumba. Personas que si por ellas fuera no levantarían una barra con discos ni aunque el gimnasio les pagara. Y que, en cambio, lo hacen a disgusto tres veces por semana. Hemos perdido lo más importante del deporte: la diversión. Y no digo que la hayamos perdido todos. Sigue habiendo mucha gente que se levanta cada mañana pensando en el final del día, en la clase del día, y eso le motiva para hacer todo lo demás. Pero hay otro gran grupo que no quiere entrenar y, sin embargo, se arrastra cual zombi hasta la cinta de correr y cumple con desgana su deber como saludable ciudadano del siglo XXI. Francamente, creo que estamos perdiendo el norte. Nos estamos alejando del concepto original. Mucha gente me pregunta: ¿Cuándo se supone que tiene que empezar a gustarme esto? ¿Cuánto más tiempo tengo que sufrir para empezar a disfrutar como tú? Y mi respuesta, queridos, es sencilla: probablemente, nunca. Si no os gusta el gimnasio, no lo disfrutaréis. Es duro. Es un sacrificio enorme. Es dolor y sudor. Es resistencia y potencia. Son agujetas y reto constante. Si no veis la parte atractiva en todo esto, es que el gimnasio no es para vosotros. La gente utiliza mil y una técnicas para obligarse a ir: buscar compañía, cargar con la mochila cada día, pagar por adelantado… Y la mayoría de las veces no sirve para nada. Te vas de cervezas con tu compi de gimnasio, la mochila se pasea durante semanas y la cuenta corriente desciende sin causar efecto alguno en tus músculos. Hay que probar, hay que intentarlo, pero si no funciona, no pasa nada, no os frustréis. Buscad la actividad física que os motive: bailar salsa, jugar al tenis, caminar, correr con el perro o jugar a voleibol en la playa. Y estoy tirando piedras contra mi propio tejado, pero es la verdad. Vivimos un momento de pasión absoluta por el fitness. Pero en muchos casos se trata de una pasión fingida. No es real porque, sencillamente, la persona no la siente. Moverse, estar activo y feliz eso es lo más importante y si repartir hostias a ritmo de la música no lo consigue, hay que buscar aquello que lo haga.

Aunque duela, yo disfruto. Aunque me canse, me divierto. Aunque no pueda más, quiero más. ¿Enfermedad? Es muy posible, pero os aseguro que para ponerse un maillot azul pitufo metido por el culo y saltar a ritmo de música máquina hace falta estar muy enfermo.

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