La invasión de los pieles rosas.

Los que vivimos en Barcelona tenemos muy nítida en nuestra retina la imagen del típico guiri. Individuos con chanclas de alemán (sí, sí, esas que ahora llevamos todas) y calcetines, ya sean textiles o en forma de marca de sol. Luciendo pinta de explorador, aunque lo más lejos que su espíritu aventurero les lleve sea el Tibidabo. Y, por supuesto, desafiando a la pantonera con su amplia gama de pieles rosadas. Salpicadas, eso sí, con las áreas blancas más variopintas: tirantes, escotes, camisetas invisibles, shorts imperceptibles… Todos nos reímos de ellos. Y ahora los odiamos más que nunca. Nos cagamos en todo lo que se menea más arriba de los Pirineos por venir a nuestra ciudad a comprar desnudos y a defecar entre dos coches aparcados.

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Su comportamiento nos despierta una carcajada. Perdidos en la ciudad, comprando chorradas hiperhorteras que nosotros no regalaríamos ni a nuestro peor enemigo. Paseando por los lugares más horripilantes, al menos lo son desde que ellos llegaron y los tomaron sin piedad. Hacinados en espacios concretos donde ningún autóctono se atreve a entrar. Sentados en las terrazas de los bares más sospechosos. Conducidos como borregos por un guía que les habla como si fueran idiotas, mientras el mayor idiota es él por alzar un paraguas a pleno sol. Embobados con los detalles más nimios, esos que tú ignoras cada día. Familias y familias de europeos pudientes vagando cual zombi del consumo por las impracticables y ya cedidas Ramblas. Hordas de jovenzuelos mediterráneos y nórdicos, ebrios noche y día, y convirtiéndose en víctimas de los más avispados del lugar. Pobres guiris.

Todo eran risas a su costa. Hasta que un día descubres que todos somos guiris en algún momento. Que todos lo tenemos dentro y solo hace falta que nos sea presentado. Yo conocí al mío el año pasado cuando viajé a Tailandia. Fue mi primer viaje sola y mi consagración como True Guiri. Te conviertes en guiri empanao en el momento en el que sales del avión. Vagas por el aeropuerto cual Ramblas, ebrio de dudas (vale, y de Dormidina también), hasta que das con un tailandés que habla un inglés medio descifrable para tu duro oído made in spain. Cuando consigues entender dónde se coge el taxi que te conduce a tu destino, se abre la veda. Prepárate para hacer el guiri pringao all the time. Te conviertes en un número en las excursiones. En un imbécil cada vez que intentas pedir algo en un restaurante con un feliz pero impostado e incomprensible tailandés. Y en un saco de dinero listo para ser timado desde que te levantas hasta que te acuestas. Te rebautizas como atontado oficial y te paseas como idiota máximo. Eres objeto de burla y chiste. Aunque no entiendas lo que dicen, lo sabes, se están partiendo a tu costa. En tu ciudad eres un icono de la moda (Oh fucking yeah!). Fuera de casa eres otro idiota que lleva ropa rara y nunca acierta con el calzado. Pero claro, siempre hay castas de tarugos, incluso entre los guiris. Siempre puede haber alguien que dé más pena que tú y al que los locales odien más que a ti. Por suerte para todos, siempre nos quedarán LOS JOVENZUELOS BRITÁNICOS. Insuperables. Mamados las 24 horas del día. Color rosa chicle en cada centímetro de su cuerpo. Vociferando imbecilidades que te alegras de no terminar de entender y tratando a los locales como si fueran de otro planeta. Y luego llegas tú, con tu palabro que llevas semanas practicando, dándotelas de turista comprometido y con una típica sonrisa tailandesa de oreja a oreja, y a los thais solo les falta escupirte.

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En Tailandia aprendí el valor de la educación cuando uno viaja. Eso y que embobados y perdidos estamos todos cuando somos nuevos. Prometí no volver a reírme jamás de guiri alguno. Ni siquiera de los que se quedan plantados delante del mapa del metro con la misma cara que si escudriñaran un jeroglífico egipcio.

Este año he estado 11 días en Méjico. Allí todo ha sido muy distinto. Nos trataron como reinas nada más pisar el país y no faltó ni un detalle a lo largo de nuestra estancia. La amabilidad mejicana es tal que abruma, al menos a una autosuficiente señorita como yo, incapaz de pedir ayuda, favores o soportar que la sirvan. Qué entrega, qué dedicación, cuánta bondad en el aire (aparte de una humedad insufrible). Pero claro, hay quien ve mano y se coge el brazo. Presencié escenas lamentables en las que despiadados huéspedes se aprovechaban de la desmedida (y exigida) amabilidad de los trabajadores del hotel. Miradas por encima del hombro, abuso del servicio o incluso discursos de bofetada. Este último ejemplo lo protagonizó un crío catalán. Un niño pijo y repelente que intentaba dar lecciones antropológicas a su recién estrenado amiguito colombiano. Según el niñato, que presumía de viajar gracias a la empresa de su padre y de hacer su siguiente parada en New York, hasta que los españoles llegamos a América lo que allí había era algo más parecido a los monos que a los seres humanos, gente sin cultura, “eran retrasados” (palabras textuales del angelito). Suerte que apareció el padre del niño colombiano para desmontar aquella ristra de heces seudohistóricas. Yo no salía de mi asombro. ¡Genial! Consolidemos el colonialismo español. Dejemos una huella todavía más imborrable que el exterminio indígena. Poco me faltó para levantarme, corregir al mocoso y de paso darle un par de tortas. A su padre, claro.

Vergüenza ajena de la buena sentí cuando en una excursión por la reserva de la biosfera de Sian Ka’an, una parejita de españoles preguntó si se podía fumar en la lancha. Seis personas, un bote pesquero y un paraíso en la tierra y los colegas a ritmo de cigarrito cada veinte minutos. Por desgracia, la calidad del turismo en estos lujares de “todo incluido” deja bastante que desear. Mención aparte merecen los norteamericanos. Solo citaré a uno de los guías que nos atendió: “los gringos prefieren morir con su hamburguesa en la mano que vivir con algo diferente en el estómago”.

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No nos damos cuenta pero en la cadena de la servidumbre estamos todos. Nos pasamos aproximadamente 250 días al año sirviendo a otros a cambio de un sueldo, en muchos casos mediocre, y la promesa de que podremos ser servidos y no sirvientes 22 días al año. Estamos ansiosos por estar al mando por una vez, por ser agasajados y no recibir órdenes. Tal es el entusiasmo que cuando llega esa gloriosa época, se nos olvida por completo que volveremos a nuestro estado original cuando terminen las vacaciones y el hechizo se rompa. Y la princesa volverá a ser criada. Inconscientemente, volcamos nuestra frustración sobre el pobre individuo que cumple su rol de sirviente sin tener en cuenta lo poco que nos gusta que otros lo hagan con nuestra persona.

En Méjico aprendí el valor del respeto.

Todos somos locales y visitantes. Todos nos ponemos el disfraz de guiri dispuestos a perdernos en una ciudad nueva y con el bolsillo lleno de monedas para comprar chorradas que un autóctono despreciaría. Todos somos esclavos y amos. Pero a veces se nos olvida que la educación y el respeto deberían acompañarnos siempre, fuera cual fuese nuestro rol en ese momento. A veces olvidamos que si escupimos con fuerza hacia arriba, irremediablemente, más tarde o más temprano, caerá sobre nosotros.

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