Ser hipster no es nada hipster.

Hace unos años, cuando llegué a Barcelona, atraída sin duda por el cosmopolitismo de la ciudad, yo era un gótica de cuidado. Vestía de riguroso negro, la melena azabache me llegaba hasta el final de la espalda y las cadenas y pinchos eran mi signo. Para mí, en aquel entonces, no había más Barcelona que la oscura. Al poco tiempo de vivir en la ciudad condal, lo gótico, roquero y punk dio el salto a Zara y compañía y lo que era alternativo se convirtió en mainstream (esa palabreja horrible que acompaña la vida de todo publicista). El cuero cubría las huesudas piernas de los maniquís de cada tienda del imperio Inditex. Las tachuelas y los boquetes eran tendencia. Las botas militares las llevaban incluso las pijitas de Pedralbes. De repente, ya no tenía gracia ser oscura. Una cosa es poder comprar un corsé en cualquier tienda y a un precio razonable (que tiene su qué), y otra muy distinta salir de fiesta por sitios bien y que todas vayan vestidas como tú cuando salías por Marina. No mola nada. Con los pobres hipsters ha pasado exactamente lo mismo.

La subcultura hipster tiene su origen en los años 40, concretamente en el mundo del jazz. Hipster deriva de la palabra “hip”, término que se utilizaba para referirse a los conocedores de la emergente subcultura afroamericana, principalmente relacionada con la música jazz. A finales de los 90 y principios de los 2000, el concepto alcanza una nueva dimensión y empieza a utilizarse para describir a aquellos que participan de un modo u otro de la cultura alternativa, generalmente vinculada a la música independiente. El nuevo hipster coge elementos clave de todos los movimientos minoritarios (grunge, punk, hippie…) y los convierte en fetiche; los venera y los reproduce.

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Hasta hace muy poco, ellos tenían su propio mundo. Veían su cine, escuchaban una música que nadie más conocía y vestían rarito. El resto hemos pasado por diferentes fases en lo que se refiere a nuestros sentimientos hacia ellos. La primera, sin duda, fue el desconocimiento. Hubo un tiempo en que nadie sabía qué cojones era un hipster, ni siquiera ellos. Nadie hablaba de modernos porque todos los éramos a nuestra manera. La segunda fase fue el desprecio, que es la primera reacción que suele provocar todo lo desconocido, lo raro. Y ellos lo eran mucho. O al menos, se esforzaban un huevo por serlo. En Barcelona empezaban a verse las primeras manadas y, en el mundo de la publicidad, al cual pertenezco, parecía que los criábamos en los departamentos creativos. La siguiente fase, la que aparece cuando el término se populariza y se hace visible, es el descojone general. De lo peculiar y extravagante siempre se puede hacer un chiste, así que los hipsters se convirtieron en objeto de mofa por parte de todos los demás. Lo guay era reírse de los modernos. Incluso los modernos, los true hipster, se descojonaban de sus iguales alegando que ellos no eran hipsters, que estaban por encima de toda etiqueta. Porque eso es así, ningún hipster admitirá ser hipster, porque negarlo es el primer síntoma para serlo. Todos los sabemos. De ahí la frase “más hipster que los hipster”.

La última fase es la que estamos viviendo ahora. Es la fase de la aceptación y la asimilación. Se han integrado tanto entre nosotros y se han presentado al mundo con tal contundencia, que ahora el mundo quiere ser como ellos. Pero claro, ¿por qué el populacho quiere parecerse a esta gente rara y de apariencia tan alejado de la imagen del éxito? Porque las celebrities de turno se han subido al carro. Pero una estrella televisiva o de cine lo único que adopta es la parte visible y eso es exactamente lo que el grueso de la población conoce de los hipsters: su aspecto. Y eso será lo que reproduzca: su forma de vestir, de peinarse, sus barbas, sus accesorios. Y nada más. Nada de música, nada de cine y nada de literatura. Solo el aspecto. Poniéndome en la piel de un hispter auténtico, debe de ser un putada ver cómo una choni se compra el mismo pantalón que tú. Eso sí, no lo luce igual. Lo que hace la moda de masas es vulgarizar todo lo que toca. El hipster endiosa el objeto y Amancio lo soba tanto que pierde su valor. A nadie le interesaban los ciervos, las golondrinas, los triángulos y las galaxias hasta que llegaron los hipster con su arbitrario fetichismo y le regalaron toda su veneración. Ahora, mires donde mires hay un triángulo esperándote. Eso sí, con la cabeza de un ciervo dentro y la galaxia morada y azul de fondo. Llevar pantalones tobilleros arremangados y espardeñas era cosa de viejos. Hasta que un iluminado paseó por Gracia con este atuendo y lo convirtió en tendencia. Ahora incluso los latinos de mi barrio enseñan canillas. Si hasta aparece Cristiano Ronaldo con gafas de pasta XL si pones hipster en Google. Lo que hay que ver… La barba era una guarrada y el bigote no estaba ni el top of mind de los jovenzuelos. Cuatro modernillos se dejan crecer los peletes y ZAS, tendencia al canto. Ahora todo dios lleva barba. Chewaka será portada de Icon en breve. Mis queridos conmarujos, el hipsterismo se nos ha ido de las manos. Ahora todo es hipster y, a su vez, nada lo es. El término ha perdido completamente su significado. Es como aquello de repetir “jamón, jamón, jamón” hasta cambiar la palabra.

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Los pantalones altos, las camisas de abuelo, las barbas, las gafas de empollón, las chanclas con calcetines, la raya negra del tinte… Está claro, el feísmo se ha impuesto. Así como unos años antes la moda era todo lo contrario: lo artificial, la perfección, lo fashion, los guapos y guapas; unos años más tarde, los feos, los freak han tenido la oportunidad de su vida de ser cool, de ser la portada, de convertirse en los más deseados. Pero claro, cuando esa moda desfavorecedora da el salto al mundo de la gente guapa y “sofistica”, pierde todo su encanto. Cuando la sexy y popular se disfraza de loser, el loser ya no tiene razón de ser y pasa a su segundo plano natural. Lo raruno deja de ser aspiracional, ya no es deseable y exclusivo porque, ¿desde cuándo lo que todo el mundo hace es cool?

Amigos hipsters, verdaderos y auténticos modernacos barceloneses, toca reinventarse. Estáis totalmente desfasados. Y a nadie le importa que veáis películas en versión original. Y tanto les da que vuestra música sea la más auténtica. Al mundo se la suda si vosotros os gastáis en una barra de pan lo que ellos en una compra semanal. Al populacho solo le llega que lleváis cangrejeras con calcetines, que en vuestra barba podría anidar una familia entera de esas golondrinas que tanto os gustan y que los tatuajes han dejado de necesitar sombreado y ahora molan con línea fina y geométricos. Olvidaos de todo lo demás porque nadie lo ve. Ha llegado el momento de buscar un nuevo horizonte, es el momento de reinventarse, de hacer un control alt suprimir vital. Coged algo normal, ensalzadlo, convertirlo en ídolo, que nosotros ya nos encargaremos de despreciaros, de reírnos de vosotros y de acabar convirtiéndonos en una mala y burda copia de vuestro talento. ¡Ánimo, amigos! No estáis solos.

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