Suplantando a Coixet.

___Mi otro yo.___

Si hay un género cinematográfico que me gusta ese es el thriller y más aún si se trata de una enrevesada trama psicológica. Especular, tratar de adivinar, creerse más listo que el guionista. Me encanta. Por otro lado, Isabel Coixet ha conseguido conmoverme con la mayoría de sus películas. Cuando vi el tráiler, me removí en mi butaca. Un thriller de la Coixet. ¡Genial!, pensé. Pero no tardaron en llegarme las primeras críticas negativas. La directora catalana es al cine lo que Lucía Etxebarría a la literatura: o despierta pasiones o un tremendo desprecio. Así que no le di mayor importancia a la mala prensa y me fui a verla más contenta que unas castañuelas. Pobre ilusa…

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Para hacer un thriller, para inquietar, para trastornar más allá de la pantalla, es necesario dominar el suspense. Hay que saber jugar con las pistas que se dejan. Las sombras, las luces, las miradas, las palabras justas… Para hacer una película de este calibre hay que tener maestría. Y, desde luego, Isabel Coixet en esta demuestra lo contrario. La trama es floja, absurda e infantil. El film se acerca más a mi primer y adolescente intento de novela que a cualquiera de sus películas anteriores. A los personajes les falta trabajo y fuerza. Los diálogos son predecibles y artificiales. La historia es boba. En nada se parece a la profunda y sensible La vida secreta de las palabras o a la desgarradora Mi vida sin mí. En Mi otro yo todo queda dentro de la pantalla, nada la traspasa. La paranoia de la protagonista no llega a perturbarme. El dolor de la madre no me conmueve ni un poquito. La preocupación del padre es falsa. Y el enredo adolescente queda pequeñito y se va volviendo más absurdo a medida que llega el desenlace. En un thriller, cuanto más enmarañes la trama, más tendrás que desenredar después. Si no sabes volver, mejor no vayas tan lejos.

El juego de los dobles y las personalidades duales se ha tocado hasta hartar. Lo menos que se le pide a un tema manido es una perspectiva o un giro original. Desde luego, la película en cuestión no lo tiene. Por momentos me recordó a El cisne negro y en alguna ocasióna Enemy (cuya crítica escribí aquí hace unos meses); pero ni punto de comparación con ninguna de las dos. La primera es una brillante metáfora de la obsesión por la perfección; la segunda, un laberinto simbólico que profundiza en el sentimiento de culpa. En el film de Coixet tan solo vemos un argumento paranoide poco perturbador, mezclado con el terror sobrenatural más pobretón y con un desenlace que no hace sino terminar de hundir la película. Lo único que salva mínimamente la cinta es la excelente fotografía y el look publicitario en el que la directora se mueve como pez en el agua. Lo demás… Coixet, me gustabas más cuando me hacías llorar.

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