Intranscendence.

___Transcendence.___

Vivimos en un mundo hiperconectado. Nos quedamos bobos delante de cualquier pantalla y, en cambio, cada vez nos cuesta más mirar a los ojos a la persona que tenemos delante. Somos más reacios a mostrar nuestras emociones que nunca. Y sin embargo, abusamos de los emoticonos cada día. Hemos sustituido la conexión real por la tecnológica. Hemos dejado que las máquinas tomen el control de nuestras vidas, que la inteligencia artificial las gobierne y que los medios de comunicación y el mundo digital se conviertan en las nuevas deidades. No hay duda, hemos sucumbido al progreso.

Transcendence toma este punto de partida tan de actualidad y lo lleva al extremo. ¿Qué pasaría si las maquinas fueran más inteligentes que las mentes que las crean, si se hicieran  imparables o si llegáramos a confundirlas con seres humanos? La premisa resulta muy interesante, aunque no original (véase Terminator, por ejemplo). La primera parte de la película engancha, seduce. Los personajes son interesantes, están bien presentados y la trama avanza con soltura. Pero al guionista se le va la olla a Camboya y ya tenemos el cirio montado. Los personajes comienzan a comportarse de un modo inexplicable. La evolución de algunos de ellos es demasiado brusca. La de otros, elíptica. La trama empieza a dar bandazos de un lado a otro sin lógica alguna. Una terrorista que se alía con el gobierno de repente. Un agente del FBI que no se sorprende ante nada de lo que ocurre a su alrededor (y jamás pide refuerzos). Un profesor que nadie sabe qué pinta en todo el tinglado. En fin, un cristo.

TRANSCENDENCE

La tecnología que aparece en el film, verosímil y actual al principio, se convierte poco después en prácticamente magia. No hay explicación, no hay raciocinio, la ciencia se ha esfumado y la película cada vez se parece más a Fringe pero, por desgracia para ella, sin la soltura y elegancia que aporta J.J. Abrams. Lo atractivo se vuelve inverosímil. La posibilidad, utopía. Y donde había ciencia ficción, ya solo queda ficción. El último tercio del film ya parece más El pueblo de los malditos (aquella escalofriante película del año 95 en la que un grupo de niños poseídos actuaban como demoníacos robots). Transcendence es su versión adulta y ciber. En la recta final, los efectos especiales y la acción aparecen en manada para rescatar un guión pobre y repleto de lagunas.

El filmse queda a medio camino entre The East  y Her. Lástima que no tenga el calado reivindicativo de la primera ni la belleza, la originalidad y la sensibilidad de la segunda. Se queda en tierra de nadie, sobre todo cuando el desenlace lo acaba cubriendo todo con un moñarrismo de cuidado. Una vez más, la maldad del villano queda justificada y el romanticismo se abre paso en medio del caos. Ya tenemos el pastel terminado. No apto para diabéticos o escépticos como yo.

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