Somos lo que vivimos

___El hijo del otro.___

¿Qué somos, lo que nacemos o lo que vivimos? ¿Qué es más importante la sangre o el contexto? Todo ser humano nace con una innegable carga genética, pero está claro que son sus vivencias las que lo convierten en la persona que será. Yo soy de la opinión de que los seres humanos no nacen, se hacen.

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Lorraine Levy así lo ve también en El hijo del otro. La directora cuenta la historia de dos adolescentes, uno judío y otro árabe, que viven en Tel aviv y Cisjordania respectivamente, y que descubren casi llegando a la mayoría de edad que al nacer fueron intercambiados accidentalmente. El tortazo cultural, social y emocional para las familias ya os lo podéis imaginar. El film aborda el conflicto israelí-palestino pero no desde la óptica política como se ha hecho otras veces, al menos no directamente, sino desde la inocente mirada de dos adolescentes, desde sus insignificantes problemas y sus inquietudes propias de la edad; y todo narrado con el cariño que solo puede darle a la historia una madre (en este caso dos). El film no es una bofetada de realidad, sino una caricia, un tierno mensaje de paz. La crueldad y la dureza del conflicto están presentes durante toda la película, por supuesto, pero no desde una perspectiva general, sino bajados a la cotidianeidad de dos familias que son golpeadas por el destino. Dos familias muy distintas pero que sufren igual, que sienten el mismo odio, que saben muy bien quién es el enemigo (el otro) y que aman su tierra con toda el alma, pero que terminan por aceptar que el amor está por encima de toda etnia, religión o disputa territorial.

La directora ha rodado una película que no sorprende en su forma pero que conmueve y enternece en su fondo. Los personajes están bien construidos y evolucionan de forma natural, sin cambios bruscos ni inesperados. Las situaciones son creíbles y están contadas con emoción. Todo fluye, el mensaje de amor llega y el debate político-religioso se convierte en sutil aprendizaje. Es una película de olores, de sabores, de melodías, de raza, de matices y contraste, pero sobre todo de piel. Una reflexión muy tierna sobre los sentimientos, los buenos y los malos. Sobre las motivaciones, sobre la diferencia y sobre la justicia pero todo de un modo suave y con tono pacífico.

La película te deja un regusto de paz y amor y unas ganas tremendas de valorar lo importante de la vida. Igual me pilló a mí el día tonto pero, qué queréis que os diga, salí encantada. Es una lástima que solo fuéramos seis en la sala. Eso sí, para ver tortazos, explosiones y patriotas dándolo todo siempre hay cola. Así nos va.

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