Carmina y los vascos.

Dos formas de entender la comedia. 

Reírse es una de las terapias más baratas que existen. Solo necesitamos los músculos de la cara y alguien o algo que nos haga reír. Los resultados son maravillosos. Pero la verdad, en los tiempos que corren, es difícil encontrar algo más que desgracia y drama a nuestro alrededor. La clave está en no esperar que la vida nos brinde una buena dosis de humor, sino en convertir en comedia todo aquello que nos rodea. Esa es una de las premisas de este blog. Coger la triste realidad y pasarla por el filtro del sarcasmo y la ironía hasta conseguir hacer de ella un chiste (de los buenos, ¿eh?). Exactamente eso es lo que han hecho Emilio Martínez-Lázaro con Ocho apellidos vascos y Paco León con Carmina y amén. Dos formas de hacer cine con la comedia como eje central. Dos promesas de evasión muy distintas pero con resultado similar.

Ocho apellidos vascos lleva en cartelera siete semanas. Yo fui a verla esta última y por poco me toca sentarme en el pasillo. El éxito que ha cosechado no tiene precedentes en este país. Roza ya los cincuenta millones de euros de recaudación. ¿Dónde está el truco? ¿Qué hay detrás de este sorprendente taquillazo? Existen varios factores que influyen. Sin duda, el principal son las ganas que tenía este país de reírse, de dejar atrás los peores años de las últimas dos décadas. Ocho apellidos vascos es una comedia fácil, que no te complica, que no plantea ningún reto al espectador. Te sientas, contemplas y ríes. Y sus creadores han sabido elegir el caballo para correr esta carrera. Dani Rovira, un cómico como la copa de un pino. El pilar central de una comedia boba, facilona, que estoy segura que sin él no habría funcionado igual. El guión es predecible y los chistes los de siempre, pero la maravillosa interpretación del Sevillano pule y da brillo a una historia adolescente. Pero la mediocridad narrativa da igual, aquí la gente ha venido a reírse, no a ver cine de autor. Porque esta película se entiende mejor como un monólogo sobre vascos de casi dos horas que como una historia con cara y ojos. Los regionalismos siempre dan juego, no nos engañemos. Si no, haced memoria y pensad cuántos chistes hay sobre vascos o gente de Lepe, o cuántos empiezan por: “Van un vasco, un catalán y un madrileño…”. Reírse de los demás es mucho más fácil que reírse de una situación concreta. Y las diferencias ocasionadas por el área geográfica de nacimiento son una gran fuente de inspiración.

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Otro de los factores del éxito es el borreguismo  que reina en este país, o dicho de otra manera, el boca-oreja. “Que te ríes un huevo, te lo prometo” y ya tienes a media España contagiada de la risa floja. Mis queridos conmarujos, no me voy a meter con las ganas de reír en masa de la gente, para nada. Disfrutémoslo.

Carmina y amén plantea otro tipo de comedia. Toma como base una realidad más sórdida y grotesca y, a partir de ella, construye unos personajes sencillos pero sólidos como rocas. Paco León sabe que incluso en el drama hay una risita malvada escondida, lista para ser descubierta y plasmada en una escena hilarante. Hablamos aquí de otro tipo de humor; el que nace de la desesperación, la tristeza y la mala vida. La comedia que emerge cuando estás de vueltas de todo. El ingenio que produce la amargura. León apuesta por un film feísta y kitsch y plantea unos personajes cercanos y creíbles, sin máscara ni artificio. El resultado, unos chistes ácidos y mordaces, un humor negro como el alma del que lo inspira y una comedia brillante que me arrancó lágrimas. Carmina y amén es la alternativa cómica para los que eluden la obviedad. Para los que disfrutan sacándole jugo al drama de la vida. Para los que quieren reírse pero viendo buen cine.

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Junto con Edu Soto o Carmen Machi, probablemente Paco León es uno de los actores que ha sufrido el encasillamiento interpretativo más bestia de los últimos tiempos. Su famoso personaje de El Luisma ha conseguido que toda España olvide que detrás hay un actor, seguramente, con muchos más registros. Pero lo que nadie esperaba es encontrar un original director que sorprendió con Carmina o revienta y que se ha consolidado definitivamente con su secuela. Paco León es un director con un ojo hipersensible. Capaz de captar la esencia humana, escarbar en ella y exprimirla. Y a ti, una carcajada. Los diálogos de la película son coloquiales, reales y muy divertidos. Los personajes están moldeados con inteligencia e interpretados con enorme cariño. Me quito el sombrero.

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Sin duda, este es un gran momento para el cine español. Primero porque Ocho apellidos vacos ha conseguido algo inaudito, devolver el placer del cine autóctono a sus espectadores. Elevar el estatus de la producción local. Otorgarle el respeto del gran público. Seguramente no sea la película del año, al menos cinematográficamente hablando, pero sí será esa cinta que consiguió que España entera corriera a las salas de cine en masa. Pero no nos olvidemos de otro aspecto importante. La película está llena de chistes referidos a ETA y al mundo abertzale, y por lo que pude comprobar en la sala de cine, a los espectadores les resultaban muy graciosos. ¿Hemos superado el dolor causado en los últimos años? ¿Hemos despolitizado la cultura? ¿O es que ya nos da igual todo? Por una parte, creo que supone un paso adelante. Por otra, en un momento tan delicado para los nacionalismos, poner a toda España a descojonarse de ellos puede resultar humillante para algunos y muy beneficioso para otros. Sobre todo cuando corre el rumor de que se prepara una secuela con catalanes. A mí me da un poco de miedo, qué queréis que os diga.

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El segundo motivo para estar especialmente orgullosos de este momento es que Carmina y amén nos brinda la oportunidad de descubrir que hay otra forma de hacer comedia en este país. Demuestra que reírse de los demás es una buena opción, pero reírse de uno mismo es, sin duda, mucho más maduro. Y sobre todo, deja patente que se pueden hacer buenas comedias, divertidas a rabiar, pero con personalidad, con carácter, con una rotunda huella de identidad.

Sea como fuere, vivamos este momento dulce del cine español. Disfrutemos de lo nuestro y riámonos de todo. Da igual si el chiste es fácil o el humor es negro. Lo importante es que el público general se ha reconciliado con su cine y que una fuerte demanda generará una oferta de calidad. Amén.

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