Próxima estación: sopor

Tren de noche a Lisboa.

Un profesor suizo se encuentra con una chica que quiere suicidarse. Al rescatarla, esta pierde el libro que estaba leyendo. El profesor comienza a leerlo y como por arte de magia, queda preso entre sus páginas y decide averiguar más sobre su autor. Y en este punto deben de haber pasado tan solo tres minutos de película. Mi profesor de guión de la universidad nos decía que si en los diez primeros minutos de película no ha pasado algo importante, el encargado de juzgar la historia tirará el guión a la basura. Pero en fin, entre eso y hacer un planteamiento insignificante, creo que hay una gran diferencia.
La película se debate entre tres géneros, pero desgraciadamente no se siente cómoda en ninguno de ellos. La historia que el profesor descubre, tras las páginas del libro perdido, trata sobre el final de la dictadura de Salazar en Portugal. Pero la trama pasa tan de puntillas sobre el tema que no puede considerarse una película histórica. Falta profundidad, rigor, detalles… El segundo intento dispara contra el drama pero, ¡ups!, vuelve a fallar. Es todo tan inverosímil y forzado que nadie se cree el sufrimiento de los atormentados personajes. No empatizas con ellos, no quieres saber más, no te crees ni una palabra de lo que cuentan… Se ven los hilos que maneja el guionista. Y por último, el director intenta jugar la baza del romanticismo pero, ¡MEC!, error de nuevo. Todo va demasiado deprisa. Una mirada se convierte en un sentimiento profundo y agónico. Y un calentoncillo de nada, en el romance del año. De nuevo falta credibilidad en la escena, en las interpretaciones y en la historia en sí.

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Y es que la película se va desmontando por momentos. La fragilidad de los personajes los convierte en meros apuntadores. No hay profundidad. No hay evolución. No hay tiempo para el desarrollo. Y el espectador se queda con sus porqués sin contestar. Y yo empiezo a mirar el reloj. El bueno de Jeremy Irons, interpretando al impulsivo profesor, no tiene apenas tiempo de darnos razones que expliquen su repentina huida de Suiza en busca del autor de un librucho sin importancia. El planteamiento del film es tan fugaz que no presenta al personaje protagonista, un señor aburrido, triste y gris que necesita vidilla. Algo que intuyes más tarde, porque lo que es explicar… Vuelvo a mirar el reloj.
Durante la película, todos los personajes que van apareciendo están absolutamente fascinados por el autor de la novela que Irons ha encontrado. Todos lo admiran y hablan de él como si de un ser celestial se tratara. Pues bien, ni la divinidad del autor ni su historia consiguen atravesar la pantalla y cautivar al espectador pues todo resulta falso y barato. Y al mirar el reloj, el tiempo parece dilatarse.
Para acabar de rematar, los diálogos son flojos y el toque de humor descansa sobre varios chistes desafortunados que solo arrancan la risita del señor que tengo al lado. A mí no me ha hecho gracia ninguna. Será que soy muy sosa. Vuelvo a mirar el reloj y, ahora sí, marca la hora que quería, la de FIN. ¡Uy, qué alivio!
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