Retrato de un perdedor.

Oh boy.

No hay nada más patético y cómico a la vez que mostrar las peripecias de un fracasado. Y eso el director novel Jan Ole Gerster lo ha entendido bien, pues su comedia tontea con el drama y viceversa. Porque reírse de la desgracia ajena siempre viene bien para aliviar la propia, pero en este caso el director lo hace con una carcajada a medias, la que te sale al descubrir un poso amargo en lo más profundo de la sátira.

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Un joven, que a priori podría tenerlo todo, llega a la edad adulta completamente perdido y sintiéndose un extraño absoluto en un mundo de locos.  Ese es el punto de partida del film. Y de ahí no nos moveremos mucho, la verdad. Pues estamos ante la clásica película en la que aparentemente no pasa nada. Y es que la trama avanza poco. Es más, yo diría que apenas la hay. La película se apalanca cómodamente en el planteamiento, olvidándose casi por completo del riguroso nudo y desenlace. El protagonista le hace un préstamo al espectador: dos días de su vida. Y este se convierte gustoso en voyeur, pues el film no es más (ni menos) que el retrato, a través de un personaje, de una una situación, la de una juventud hastiada, sin sueños ni ambiciones, perdida, que se enfrenta a la realidad de un adulto sin guía ni pauta alguna. Un caos interior que se refleja en una apatía exterior. Una confusión vital que el director enfatiza con el uso del blanco y negro, dotando a la imagen de una intensa urbanidad sórdida, y con el omnipresente humo de los cigarrillos del protagonista, que carga el ambiente y lo torna corrupto, repleto de miserias. Como hilo conductor, una metáfora, la del café que el protagonista quiere tomar, y como única muestra de evolución de este, la escena final, sutil, con la que entendemos que aún hay esperanza, que no todo está perdido.
Una película que, en muchos momentos, y sobre todo en la superficie, me recuerda a Woody Allen, pero distinta en esencia, con una carga emocional mucho mayor. Una historia no apta para espectadores ávidos de aventuras, pues la propia historia es el personaje. Y el personaje es extraño pero muy sensible, tanto que se convierte a lo largo de la cinta en imán irremediable para los que son o se sienten como él. Si eres uno de ellos, te enamorarás de él y del film; si no, sentirás que has perdido el tiempo. El personaje me cautivó enseguida. Los detalles me mantuvieron enganchada. Pero me faltó un empujón argumental hacia la mitad para caer en el flechazo absoluto.
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