Saltar la valla para pasear el carrito.

No nos damos cuenta, es casi imperceptible, pero hay un nuevo sonido en las ciudades que lo inunda todo. En realidad, no es nuevo, siempre ha estado ahí pero últimamente se ha hecho muy persistente. Tanto que nos hemos inmunizado. Es el sonido de los carritos de la compra arrastrados por los miles de nómadas urbanos que pueblan nuestras ciudades.

No sé si vosotros os fijáis. No sé si os llama la atención. Pero a mí es un fenómeno que me perturba. Me llena de tristeza encontrármelos cada mañana y cada noche. En cada esquina y en cualquier callejón. Hay tantos vagando de contenedor en contenedor que hemos llegado a acostumbrarnos. Nos parece lo más normal del mundo que un ser humano, con el mismo sentido del ridículo que nosotros, se pasee por la ciudad con una carrito de la compra lleno de la mierda más decente que ha encontrado escarbando entre los desperdicios de otro ser humano que se cree mucho más digno por el hecho de llevar su mierda por dentro y no en un carrito a la vista de todos. Este paseíllo, palo de la basura en mano, se replica cada quinientos metros y esa regularidad está arrastrando la escena hacia la normalidad, hacia una marginalidad socialmente aceptada. Tanto que algunos se han tomado la libertad de convertir a un homeless en estrella hipster. La frivolidad y la falta de contacto con la realidad empiezan a ser preocupantes.

Cuando escucho hoy en las noticias que 400 inmigrantes han intentado saltar la valla, otra vez (y ya van unos cuantos intentos en el último mes y medio), después de lo ocurrido en Ceuta el 6 de febrero, un escalofrío me recorre el cuerpo y rápidamente me asalta una pregunta: ¿por qué? Por qué arriesgarse a morir. Por qué venir a un país que no ofrece oportunidades. Por qué soñar con España, el lugar en el que aspiras a pasear, palito en mano, con un carrito robado de Mercadona. Por qué venir cuando todo el mundo quiere huir. Y entonces pienso en lo afortunados que somos y en lo difícil que debe ser vivir inmerso en la desesperación, y no en la frustración absurda y vacua del hemisferio norte.

Ropa-ensangrentada-valla-Melilla

Y esta reflexión, inevitablemente, me lleva a otra. Hace unos años, cuando todos éramos muy felices chupando del bote, comprándonos pisos, pidiendo préstamos personales y llenándonos los bolsillos a sabiendas de que algo no iba bien, los extranjeros empezaban a poblar nuestras ciudades. Su misión era quitar de en medio todos los puestos de trabajo miserables que los españolitos venidos a más no querían ocupar. Entonces los negros, los moros, los sudacas y los chinos (porque son todos chinos, da igual de dónde vengan) estaban mal vistos. Molestaban, nos invadían, usurpaban el empleo. ¿Por qué no se quedan en su país?, repetía la gente en la calle. Porque allí no tienen oportunidades, porque quieren aspirar a más, porque tienen derecho a un futuro mejor. ¿Os suena? Pues sí, es exactamente la misma moto que nos autovendemos para justificar la marcha masiva de españoles. A lo que hacen los demás lo llamamos invasión de muertos de hambre. A lo que hacemos nosotros, fuga de cerebros. Qué curioso, ¿no? ¿Qué pasa, que si no hay aspiraciones profesionales de por medio no es lícito esperar algo mejor de la vida? ¿Acaso sobrevivir no es la mejor de las aspiraciones?

Cuando yo era adolescente, una y mil veces me peleé con conocidos por comentarios racistas. Ignorancia, falta de empatía, desconocimiento de otras realidades… Pero entonces ser racista estaba bien visto. Era una actitud socialmente aceptada. Teníamos un pastel muy jugoso y no queríamos compartirlo. Normal, ¿no? La mía es una generación que no ha tenido carencias de ningún tipo. Hasta ahora. Y que no ha vivido en sus carnes la necesidad de marcharse de su propio país. Hasta ahora. Hemos sido muy racistas porque no hemos sabido lo que significa estar lejos de casa. Hasta ahora. Por eso ahora, si un alemán se mete con un español, nos jode, nos hiere, nos golpea en lo más profundo de nuestro orgullo. Pero cuando de nuestras bocas salía la expresión “moro de mierda” no pensamos que pudiera molestar a nadie. Porque para eso estábamos en nuestro país. ¿No?

Solo espero que al menos esta farsa de crisis nos devuelva la empatía, la solidaridad y el respeto hacia los seres humanos por el mero hecho de serlo.

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