La generación más (pre)parada.

Ayer leía en Twitter que la ministra de Empleo, Fátima Báñez, había declarado, a la entrada de unas jornadas sobre competitividad (muy apropiado), que la situación laboral en España ya se había dado la vuelta. No puedo estar más de acuerdo con ella. Efectivamente, ya estamos todos cabeza abajo.

La noticia, obviamente, seguía y la sabia ministra añadía que la afiliación a la seguridad social ha aumentado, por primera vez desde que empezó la crisis, durante el pasado mes de febrero. Pero la cuestión, querida ministra, no es cuánta gente ha encontrado un empleo en este inicio de 2014, el quid es en qué condiciones. Si trabajo entendemos una jornada laboral de ocho a doce horas (sin remuneración de horas extras, por supuesto) y un sueldo de menos de mil como única compensación, sí, efectivamente, de esos nuevos empleos conozco unos cuantos casos. Si hablamos de profesionales con suma experiencia que se están viendo obligados a dejarse el pantalón por los tobillos y aceptar puestos de recién licenciado (con su correspondiente escurrido salario), de esos también tengo referencias.

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¿Por qué no hablamos, señora ministra, de la anoréxica situación laboral que nos va a tocar asumir? ¿Por qué no debatimos la pérdida de dignidad y la ausencia total de esperanza e ilusión? Hace unos años, uno sabía que si era bueno y se dejaba moldear por el sistema (formar no es otra cosa que dar forma), tendría una recompensa. Si estudiabas una carrera, eras aplicado y te dejabas los cuernos en tus primeros años de vida profesional, tendrías premio: un empleo garantizado, un sueldo pudiente y una reputación profesional que avalara tu movilidad en el sector. El camino hacia el éxito profesional es duro, lo sabemos todos, pero cuando no hay zanahoria delante, para qué caminar, se pregunta el burro. ¿Qué ilusión puede tener una persona que empieza en una empresa por casualidad, casi por milagro divino, y que debe dar gracias todos los días y mantener la boquita cerrada por un sueldo que apenas cubre el alquiler del cuchitril en el que sobrevive? Un plan de empresa, unas expectativas, un objetivo, una meta que querer alcanzar. Todo esfuerzo debería tener recompensa, ya sea en forma de realización personal o de salario. Echarle horas gratis, dejarse la piel en cada proyecto, lidiar con problemas cada vez más absurdos… Y todo, mis queridos conmarujos, para acabar cubriendo gastos y saber que tu techo profesional, no es que sea visible, es que te roza el cogote. Señora ministra, efectivamente, a esto se le llama darle la vuelta al mercado laboral o, más concretamente, dejarlo patas arriba y con las bragas al aire.

SC_D54_18623C_R2En el siglo pasado, cuando alguien no estaba a gusto en un trabajo, cambiaba y volvía a empezar. Hoy, el que no está conforme con su situación, se aferra a ella como náufrago a un tablón; protesta, pues es lo único que le queda; y, encima, recibe palos sociales por desagradecido. ¿Qué será lo próximo? ¿Trabajar por amor al arte? Ah no, calla, que eso ya lo hacemos. En este país, con la crisis, hemos perdido poder adquisitivo pero hemos dejado atrás algo mucho más nuclear: la habilidad para gestionar el talento. Talento ahora significa saber tragar, y hacerlo con una sonrisa. Éxito significa que te paguen por trabajar, aunque sea menos de lo que algunos se gastan al mes en salir a cenar. Y prosperar es sinónimo de asumir cada día más responsabilidad, sin recibir un solo euro de más a cambio, claro.

Esta mañana he leído en El Periódico de Catalunya que una joven se rompió una vértebra en una entrevista de trabajo. ¿WTF?, he pensado. ¿Cómo ha pasado? Pues realizando absurdas pruebas de selección durante la competición en la que se ha convertido conseguir un empleo. Hace unos años, podías decir: “No, yo tengo dignidad y no pienso participar de esta humillación colectiva”. Hoy aceptas y terminas en el hospital. Es un caso extremo pero que funciona perfectamente como metáfora de una sociedad enferma. Un retrato, el que la crisis nos ha dejado, de la realidad laboral. Y sin filtro de Instagram, que conste.

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