Orgullo y prejuicio

El fin de semana nos ha dejado la sonada salida del armario de Ellen Page, la joven y atractiva actriz de peliculones como Hard Candy o taquillazos independientes como Juno. Muchas nos olíamos ya lo que la pequeña intérprete trataba de ocultar mediante la mentira por omisión. Pero fue este sábado, en una conferencia para promover el bienestar de los jóvenes de la comunidad LGBT en Las Vegas, cuando por fin, la actriz admitió abiertamente que es lesbiana.

Sinceramente, a mí lo que hagan los actores en su tiempo libre, no me incumbe, no voy a recrearme en el cotilleo barato, pero sí que me interesa, y mucho, el mensaje que dejó ir la Page en su discurso. Un discurso que os animo a escuchar de principio a fin, porque no tiene desperdicio. Un discurso, cargado de emoción, de miedo, de dudas, pero también de esperanza, ilusión y satisfacción, la que produce ser uno mismo, al cien por cien, por primera vez en la vida.

Pero dar un paso así, para una personalidad pública, no es fruto de una decisión que se tome de la noche a la maña. Es producto de años de sufrimiento, de mentiras y de vergüenza. Y es que tal y como admitió Page, ser gay en un mundo como el de Hollywood no es tarea fácil. Para una persona que vive de su cuerpo, de su imagen, de lo que se dice de ella, y lo que se deja de decir, de lo que hace y con quién, de la idea preconcebida que de ella tienen los espectadores… para una persona así, salir al escenario y decir: “soy diferente” puede que sea la interpretación más complicada a la que se enfrente jamás.

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La tiranía de Hollywood, respecto a los ideales de absolutamente todo, es un tema recurrente para mí, pero es que cada vez me doy más cuenta de lo dañino que puede llegar a ser este tipo de cine; pero oírlo en boca de una persona que vive de esta industria y que, en cierto modo, en mayor o menor medida, puede ser considerada representante de esta, todavía me perturba más. Y es que los principales capitales mundiales, a través de las grandes corporaciones cinematográficas, tienen muy claro qué es correcto y qué no en este mundo. Como dice la actriz en su discurso, tienen estándares para absolutamente todo. Nos dicen qué es el éxito y cómo alcanzarlo, qué es el amor y cómo vivirlo, qué es la felicidad y en base a qué se mide. Y si no entras dentro de estos cánones, eres un perdedor, un friki y mereces la marginación. Y con esto, mis queridos conmarujos, hemos crecido y madurado y aprendido todos, por muy independientes y liberales que nos consideremos. Absolutamente todos tenemos dentro ese poso moralista que, por ejemplo, nos empuja a considerar que una mujer que no quiere tener pareja estable es una solterona, si no folla, o una zorra en el caso de que lo haga mucho. A pensar que el dinero es la base del éxito. O lo que nos obliga a marginar en el colegio a un niño que prefiere saltar a la comba en lugar de jugar a fútbol. Esa es la industria del cine que todo el mundo adora, la fábrica de los sueños a la que todos aspiran llegar. Esa y no otra.

Y lo más complicado no es reconocer que existen esas motivaciones latentes en cada uno de nosotros. La tarea más ardua es ignorarlas, romper con ellas, decir no a la homogeneización cultural y social. Si una actriz exitosa, talentosa y liberal reconoce abiertamente lo difícil que le ha resultado decir que es lesbiana por miedo al rechazo, a no tener trabajo, a ser tachada de diferente y marginada, imaginaos lo que puede ser para un chico normal y corriente, criado en un pueblo pequeño al abrigo de una familia tradicional. Luego nos sorprende la actitud abiertamente homófoba de países como Rusia. Pero, señores, que la homofobia implícita también existe y la tenemos más cerca de lo que parece. Un claro ejemplo es la publicidad. ¿Cuántos spots recordáis en los que haya una familia gay? En España, a mí no se me ocurre ninguno. El spot de Desigual, me dirán algunos. Sí, había una lesbiana pero el rol de la homosexualidad era muy distinto del que yo estoy hablando. En aquel caso, la orientación sexual de la protagonista era utilizada como un golpe actitudinal, como un gesto de valentía, algo sexy, provocativo y cargado de tópicos; en definitiva, un reclamo más. Pero yo estoy hablando de la normalidad, de la homosexualidad tal y como la encontramos en la calle, en la vida. ¿Cuántos spots aspiracionales en los que todo es maravilloso habéis visto protagonizados por una familia gay? Ninguno. Y si se os ocurre alguno, por favor, hacédmelo saber.

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Hablar del mundo gay en una película o una serie no es suficiente, por no mencionar la cantidad de clichés que pueden llegar a contener y que, en muchos casos, no hacen sino estigmatizar este colectivo. Además, no deja de ser ficción, dirigida, en muchos casos, a un sector concreto de la población. En cambio, en publicidad creo que sería completamente distinto. Sería un gran paso, un gran avance a nivel educacional. Me propuse hace tiempo retratar en alguno de mis spots la vida cotidiana de una familia gay, pero tras varios intentos fallidos, ya os digo que las marcas no están por la labor. Ser gay, a no ser que seas hombre, hiper cool, hiper fashion y estés hiper forrado, no es aspiracional y, por tanto, no interesa.

Es triste pero es cierto. Esta es la realidad con la que se encuentran cada día millones de personas en todo el mundo. Y sufren por ello. Una pequeña declaración de libertad, valor y orgullo, como la que ha protagonizado Ellen Page este fin de semana, puede parecer anecdótica pero os aseguro que es un gesto valiosísimo para todos y un atisbo de esperanza para muchos.

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