Wertgüenza ajena.

__ Casi no respira. No tiene pulso, doctor. Está casi sin vida. ¿Qué hacemos?
__ Dejadlo morir, no vale la pena.
Podría ser el clímax dramático de una película, pero también podría ser y es una metáfora guionizada del estado de salud, o la falta de esta, del cine español.

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El fin de semana nos dejó un año más la gala de los premios de la Academia del cine. El número musical que interpretó la camada de gatetes afónicos, liderada por el insustancial Manel Fuentes, no fue sino el reflejo de un patetismo creciente, el de un sector que languidece a la misma velocidad que el país que lo nutre o, mejor dicho, desnutre. Vergüenza ajena de la buena siente uno al ver actores y actrices, a los que se les tiene cierto respeto, desafinando, incansables, como perros en celo.
Este tipo de actuaciones hacen aflorar todavía más en el imaginario colectivo la idea de que el cine español es cutre, ridículo y carece por completo de talento. Reminiscencias postfranquistas del cine de la teta al aire y el chiste guarro. Una industria que por aquel entonces empezaba a explorar, a crear y a jugar sin el yugo de la censura asfixiando la creatividad. Un cine primerizo que nada tiene que ver con el actual, maduro y talentoso. Porque, mis queridos conmarujos, en este país hay talento de sobra como para llenar todos los absurdos campos de fútbol que se abarrotan cada fin de semana y dejan infecundas las salas de cine. Aunque seamos justos, el deporte rey no es el motivo principal. Los recortes económicos y las medidas adoptadas por un gobierno analfabeto dejan al sector en cueros. Solo hace falta ver lo bien que funcionan iniciativas como La fiesta del cine. Pero estamos ante un sector que cada vez tiene menos de industria y más de ONG. Profesionales mendigando, por un lado, ayudas a sus gobiernos y, por el otro, atención a un desinteresado público que prefiere dejarse deslumbrar por el brillo artificial de Hollywood. Un sector que recibió la estocada final el domingo al no contar con la presencia de su máximo representante en el gobierno. Una gala de los Goya que pasará a la historia por ser la primera que no estuvo presidida por el ministro de Educación, Cultura y Deporte. Educación poca y cultura la justa, solo la que tiene que ver con el arte, cuyo IVA se ha visto reducido del 21% al 10%. Pero al cine, al teatro y a la danza que les den bien dados. La gran ausencia española se llevó la atención de todos los focos, dejando a la familia sin un solo busto.

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 ¿Por qué dejar morir un cine que conecta con nuestra idiosincrasia mejor que cualquier filmucho precocinado en la cocina de las estrellas al otro lado del charco? ¿Por qué desmerecer el trabajo de los nuestros y dejar que se mueran de hambre? ¿Por qué no promover las producciones y el talento autóctono como se hace en el resto de Europa? ¿Por qué colaborar todavía más a que un público, ya de por sí poco sensible a este cine de calidad, abandone del todo las salas? ¿Por qué dejar que Hollywood nos americanice por completo? Como decía Antonio Resines en la acertada campaña de Mahou de hace unos años, nosotros hablamos, sentimos, pensamos y actuamos de un modo diferente a los americano. ¿Por qué perder eso, Wert?
Para ser ministro uno debería sentir verdadera vocación. Debería dejarse la piel en los asuntos de su ministerio. Ese sería el ideal. Pero cuando menos, un ministro debería ser profesional. No asistir a la Gala de los Goya no es como cancelar una cena con amigos en el último momento. Es más bien como que un cocinero mee en la olla en la que cocina cada día. Es decirles a los clientes, en este caso al público, que el cine en particular y la cultura en general, al señor Wert le importan dos pitos.
Y con esto no quiero decir que todo el cine español sea digno, ahí está la saga Torrente para demostrar lo contrario. Ni que haya que financiar cada proyecto por imposible que sea. Me estoy refiriendo más bien a mostrarle respeto y apoyar el talento local exactamente igual que se hace en otros países, como por ejemplo, Francia. Dignificar nuestra industria cinematográfica, impulsarla y verla crecer con orgullo, cual hijo que se emancipa.
Algunos me tacharán de demagoga. Es posible. Pero no me importa. Porque si el ministro Wert no es capaz de hacer campaña por los asuntos de su propio ministerio, la haremos gustosos los cinéfilos empedernidos de este país.
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