Inadaptados.

Un día te despiertas y te das cuenta de que ya ni sientes ni padeces. Bajas a la calle y no percibes olores, ni buenos ni malos. Alguien te insulta y piensas: “bah, no vale la pena ponerse a discutir”. Tienes el recto tan dilatado que es imposible notar cuando te la están metiendo doblada, que suele suceder con frecuencia. Has perdido toda ilusión, toda esperanza y la capacidad de soñar. Y, ¿sabes por qué? Porque, querido, te has adaptado.
Adaptar. Dicho de una persona: Acomodarse, avenirse a diversas circunstancias, condiciones, etc. O dicho de otra manera, tener la boca como un buzón de correos de tanto tragar mierda. Y es que, mis queridos conmarujos, así es la época que nos ha tocado vivir; la de consentir, la de callar, la de resignarse. Ayer alguien me dijo que por qué en lugar de ofuscarme no me “adaptaba” a la situación. Con adaptar te refieres a tragar, supongo; le dije. Es lo que hay, fue su respuesta. Y fin de la conversación, porque en el año 2014, con esas cuatro palabras mágicas, se solventa todo en este país. No pidas un aumento de sueldo, es lo que hay. No pidas mejores condiciones laborales, es lo que hay. No exijas a tu gobierno prestaciones sociales, es lo que hay. No pretendas tener una mejor vida, es lo que hay. No sueñes, no aspires, no mejores, es lo que hay. Y si no te gusta, te jodes. Porque es lo que hay.
Señores adaptadores, permítanme que me resulte imposible (véase también que no me salga del coño) adaptarme. Que quiera ser una inadaptada, que no me conforme con la pantomima que me ofrecen por vida, una caricatura de la misma que se han inventado para que no quiera ser mejor, vivir mejor, para que no pueda ser yo. Permítanme que les diga que les he perdido el respeto. Que su estrategia terrorista (en el sentido de sembrar el terror) no me perturba. Porque es obvio que es la herramienta que utilizan para que la gente quede paralizada.
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La cosa está muy mal. La oración diaria de miles de españoles. El mantra que nos han metido con calzador. Si la cosa está muy mal, mandemos la cosa a tomar por culo. Porque, queridos, como diría Mulder, la verdad está ahí fuera. Pero es mucho más fácil constreñir, encerrar y echar pestes de todo lo que no sea la jaula que amablemente nos han construido. Hay una película, cómo no (yo y el cine), que me viene al pelo para explicar esto. Canino, del director griego Giorgos Lanthimos. Una película que en el festival de Cannes de 2009 se alzó con el premio “Una cierta mirada” (imprescindible, si no la habéis visto). En fin, que en la película, unos adolescentes son recluidos en su propia casa y criados por sus progenitores sin recibir influencia alguna del exterior; es más, estos demonizan todo lo que tenga que ver con el mundo real, el que está más allá de las paredes de su casoplón a las afueras (no os cuento nada más). En definitiva, una metáfora fílmica que plasma perfectamente lo que hoy vivimos: una forma de entender el mundo, la que hay, y una satanización constante de todo lo que no corrobore esa filosofía vital. Una estafa, un timo y, como en la película, un drama.
Lo más gracioso es cuando esta película de la adaptación, como me ocurrió ayer, te la intenta vender uno que ha sido o está siendo adaptado a la fuerza. Uno que ha pensado que adaptarse es la solución, que le irá bien así, que le hará prosperar. Sin saber que quien le obliga a adaptarse es otro adaptado forzoso y así sucesivamente en escala ascendente. El adaptador adaptado que te adapte buen adaptador será.
¿De verdad nos vamos a tragar esta mierda sin ni siquiera regalarnos a nosotros mismos la oportunidad de escupir? Yo digo que no. “No sirve de nada, no vale la pena…” Quizá no. Quizá sí. Pero permitíos al menos el placer de protestar, de dejar claro que no estáis en el ajo, de que no sois unos come mierdas. El trabajo dignifica. ¿Quién inventó esta gran mentira? Un adaptador, sin duda. No tener trabajo no es indigno, es una putada. ¿Sabéis por qué? Porque entonces estás fuera de su montaje. Estás perdido, o eso te han hecho creer, porque los perdidos serían ellos si el desempleo fuera una epidemia. “Da gracias que, al menos, tienes trabajo”. No, me niego. Estudié cinco años de carrera mientras trabajada en dos gimnasios y un restaurante. Soy licenciada con una media de 8,5 y 15 matrículas de honor. ¿Agradecer? Creo que me he ganado hasta el último pedacito de éxito que me lleve. Y todo para acabar cobrando lo mismo que un camarero (con todo mi respeto hacia el gremio). Valoro mi favorable situación, por supuesto. Pero no doy gracias. ¿A quién? ¿Al sistema? ¿Al que nos da forma de peones para que su maravillosa obra siga en pie? ¿Al que nos mete en la cabeza que no seguir sus normas supone la marginación y el fin de la persona cuando tal vez sea la idea de libertad más gratificante jamás experimentada? Pero claro, que alguien viva y, sobre todo, comparta esas desconocidas sensaciones, no interesa, es peligroso. No, no las merecen. Les niego mi agradecimiento.

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El problema reside en que nos tienen pillados y bien pillados. Nos han creado, y lo dice una que contribuye en gran medida, un sinfín de necesidades absurdas de las que ahora no es tan fácil desprenderse. La casa, el coche, el consumo de ocio y cultura, la tecnología, la información, el conocimiento… Esa es la verdadera soga. Y cortarla no es tarea sencilla. La esclavitud es el precio que pagamos por disfrutar de lo que ellos llaman “vida”. Nacemos esclavos y con mucha seguridad moriremos del mismo modo pero, mis queridos conmarujos, al menos, decid NO para variar, oponeos a lo que no os convenza, rechazad la adaptación de vez en cuando. Permitíos soñar con frecuencia, mirad fuera de la jaula, pues aparte de dar vueltas en la rueda, el hámster tiene algo más qué hacer. Explorad vuestras opciones, no os rindáis a lo establecido. Pensad, reflexionad, criticad. Y sobre todo, por encima de todas las cosas, tocad los cojones que es una de las pocas cosas gratificantes, públicas y gratuitas que aún nos quedan.
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