Rebajas. Precios y dignidad por los suelos.

La gente se apelotona en la puerta de un amplísimo bajo del centro de Barcelona. Huele a perfume barato. La música ensordecedora me hace incluso entornar los ojos. Casi no puedo ni moverme. Me abro paso a codazos y empujones y, tras pasar el filtro analítico e inquisitivo que es la mirada del guarda de seguridad, consigo colarme dentro. ¿El garito de moda en Barna? No, mis queridos conmarujos. Es el Bershka.
Sin contar masticar cristales o beber mierda diarreica, creo que hay pocas experiencias más desagradables que comprar en esta tienda. Y mira que yo soy una habitual. Algunos dirán que es cutre, otros que es para quinceañeras poligoneras, pero lo cierto es que todo depende de cómo combines las prendas y de la percha, por supuesto. En fin, que me voy por las ramas. Que es un horror como vivencia, oiga. Yo antes de entrar siempre cojo aire, estiro los cuádriceps y me crujo los dedos. Nunca se está suficientemente preparado para el shopping de riesgo. Es territorio comanche. Detrás de los arcos de seguridad nadie sabe qué puede pasar. Y si a esta ya de por sí peligrosa ecuación, le añadimos la variable “rebajas”, el riesgo de embolia aumenta hasta el infinito. Empieza la gincana.

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La primera prueba para la compradora es auditiva. Porque no nos engañemos, casi siempre son mujeres, somos más sufridas. Si los hombres lloran con la depilación, cómo van a aguantar semejante tortura. En fin, que la primera estocada va directa a tus tímpanos. La música en esa tienda no suena, grita. Y no es que chillen personas (bueno, a veces sí, de la desesperación). Es que los alaridos los dan sintetizadores rabiosos que azotan tu coco con violencia. Tal es el jaleo que cuando me acerco a la dependienta no sé si pedirle una talla más o un ron cola. Ella, claro, me mira con desprecio supremo y desde lo alto de sus suicidas tacones me responde: “perdona, no te oigo”. No, ya, hija, ya me imagino que no. Vuelvo a  insistir. Y ella que no, que no se entera de nada. Claro, cómo coño se va a enterar. Así haciendo cálculos rápidos, si lleva trabajando seis meses debe haber perdido un 20% de audición. Le repito mi pregunta. Nada. Termino gritándole qué quién pasa las pastillas en ese garito. Por su cara de acelga pocha entiendo que ahora sí me ha oído.
La siguiente prueba es de habilidad psicomotriz. Se trata de conseguir meter en el probador todo lo que has cogido. Máximo seis prendas. Pero si pillas a la única dependienta simpática y nada frustrada que hay en todo Inditex España, puede que consigas pasar alguna más. Yo tengo amigas que dicen que la han visto. Yo, nunca. Pues nada, que ya estamos dentro del probador. Ese cubículo de metro y medio cuadrado que tiene la misma iluminación que la alcoba del Conde Drácula. ¿La idea no es vender más? ¿Qué parte de luz cenital de mierda no se entiende? Obviando las condiciones nada favorecedoras del entorno, iniciamos la prueba de producto. Bien, he cogido cuatro pantalones y ninguno me sirve. Y Amancio Ortega, ni se te ocurra decirme que he engordado, so cabrón. ¿Por qué cambias las tallas de tus tiendas cada seis meses? Muy bien, ahora me toca asomar la cabeza por la cortina y pedirle a la dependienta que me traiga una talla más. Dependienta por no decir ese ser inerte que custodia la entrada del probador. Su rugido modo orco me da a entender que no va a ser posible, que me toca salir en bragas a buscar otra talla o volverme a vestir. Genial. Gracias, maja. Muy a mi pesar, me toca llevarme una talla más y encima el más caro. Yo compro en Bershka pero con clase, ¿eh?
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Y llegamos a la prueba de fuego: pagar. ¡Oh, sí! Mojo las bragas solo de pensarlo. Lo primero que encontramos es una cola que da la vuelta a la tienda. El ritmo relajado de solo dos dependientas mancas, pero no mudas, tiene la culpa. Miro la caja. Miro el pantalón. Miro la caja… Vale, hago la cola. Media hora después, me cobran. Eso sí, muy discreto todo. Ni siquiera me miran. Solo una dependienta de Bershka de pura cepa es capaz de coger la prenda, quitarle la alarma y meter la tarjeta de un golpe en el datáfono sin tener contacto visual alguno contigo. Que tú piensas, “ahora, ahora me mira. Ahora se le escapa un poco de educación”. Pero no. Es hábil la jodía. Mucho. Pero es que, claro, toda su atención está en su compañera, que le explica indignada que la Vane se ha enrollao’ con el Davi y que la Jenny se ha enterao’ y no veas qué movida, tía. Qué fuerte. Y ella le responde: qué fuerte, qué fuerte. Y tú piensas: qué fuerte pero qué fuerte. Y toda la cola repite: qué fuerte, qué fuerte. Esperas pacientemente a que termine la conversación de besugos para darle la tarjeta. Pero como no te mira así se muera, no se da cuenta de que llevas diez minutos con la mano extendida, que empieza a ponerse morada. Al final tengo decirle: tía, qué fuerte que tengas tan poca educación. Como se entere el Amancio de lo mal que te lo montas, te va a meter en una movida que vas a flipar. ¿Me cobras, puta?
Y encima la mala eres tú.
Por fin consigo salir de la tienda sana y salva, con un pantalón de mierda y un dolor de cabeza épico. Y es que, mis queridos conmarujos, comprar barato y en tiendas para el pueblo raso es lo que tiene. Eso sí, yo voy siempre preparada: las botas de punta de acero para abrirme paso, la autoestima muy alta para combatir la luz tenebrosa y una historia de la Vane a punto para llamar su atención. Muy fuerte todo, tía.
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