La ruta del bakalao. Anestesia social sintética.

El otro día estuvo en mi casa una amiga de la universidad. Investigando en las profundidades de mis archivos audiovisuales encontramos un documental del año 93 que hablaba sobre La Ruta Destroy, la mítica ruta del bakalao. Como valencianas morbosas que somos ambas, nos pusimos a ver el documento. Escuchamos con atención, pero sin formalidad alguna, los delirantes testimonios. Recordamos aquellos años en los que la periferia valenciana era el centro del universo nocturno y, cómo no, nos dio que pensar.
Corría el año 2000 cuando pisé por primera vez la discoteca Chocolate (El Perelló, Valencia). Por aquel entonces, La ruta del bakalao no era más que un vago reflejo de la gloria pasada. Los años de libertinaje, de desconocimiento total y de ausencia de medidas de control habían terminado. Aun así, pude quedarme con el breve regusto de lo que fue la época dorada de la ruta valenciana. Yo por aquel entonces tenía 16 años y mi capacidad reflexiva o analítica absolutamente eclipsada por la magia de la noche y las ansias de experimentar. Quién hubiera imaginado entonces que años después me iba a dar cuenta de que había formado parte de una de las sesiones de hipnosis colectiva más efectiva jamás perpetrada.

discoteca_y_chocolate_y_sueca

Y es que ahora lo veo claro. Y mi amiga también. Aquella fiebre por la fiesta, las drogas y la diversión sin límites que empezó a finales de los ochenta, ha contribuido en gran medida a tirar por la borda una generación completa.
Entre el final de la década de los ochenta y mediados de los noventa, España vivió una recesión muy similar a la que vive actualmente. Se alcanzaron cifras de paro de hasta el 24%. En medio de aquel deplorable panorama, una nueva cultura urbana emerge de las tierras valencianas. Es La Ruta Destroy, la cual erige a Valencia como capital española de la fiesta, la música makina y las drogas de diseño. Miles de jóvenes, cada fin de semana, se arrastran como zombies hasta la región del Turia con la promesa de la total evasión de la hostilidad circundante. La falta de legislación en el sector del ocio nocturno permitió que las discotecas se repartieran las franjas horarias del fin de semana, promoviendo así que los jóvenes vagaran drogados desde el viernes hasta el lunes, brincando de una pista de baile a otra. Los controles policiales y la seguridad vial brillaban por su ausencia. La falta de información convertía a los progenitores en espectadores ciegos de las andanzas festivas de sus retoños. En fin, todo un tinglado muy bien montado que cumplió con creces con el objetivo: anestesiar la frustración de una población hastiada y desesperada. Y es que consiguieron disolver la capacidad crítica de miles de jóvenes. Individuos cuya máxima preocupación era conseguir dinero para drogas y fiesta. Abejas obreras que ya tenían su motivación para seguir construyendo el panal: ganar más para meterse más. Y así, todos contentos. El mecanismo funcionaba perfectamente. Los jóvenes ya tenían la motivación necesaria para seguir contribuyendo con el sistema establecido y la mente lo suficientemente aturdida como para no plantearse por qué. Y es que en lugar de salir a la calle a manifestarse o a protestar por la situación que se vivía, los jóvenes prefirieron olvidar frente a la tapa de un váter mugriento de cualquier antro. Eligieron dejar de pensar mientras metían las narices en cualquier polvo blanco que les pasara por delante. Y escogieron el ruido ensordecer de 20.000 vatios para silenciar las voces contestatarias de su entorno. Pero lo más gracioso de todo es que, mientras ellos presumían de su recién adquirida libertad, otros tomaban todas estas decisiones en su nombre.

wc

Años después, cuando toda está generación creció y la vida les cayó encima como una enorme losa de realidad, el daño ya era irreversible. Miles de adultos sin capacidad crítica, sin habilidad para reflexionar y decidir por sí mismos. Una generación de borregos que prefiere repetir a escuchar, analizar y elaborar un discurso propio. Una generación de valencianos que vota incansable al mismo partido más por inercia que por convicción y haciendo oídos sordos a todo lo que acontece en su región.
Pero, sin duda, la peor de todas las consecuencias es el poso que dejó todo aquello. El objetivo cumplido más funcional. Crearon una forma de entender la vida que en pocos sitios he visto defender con tanta fuerza como en mi tierra. La ley del mínimo esfuerzo y el choricismo como profesión. La filosofía del aparentar. El culto al cuerpo y lo artificial por encima de todas las cosas. El amor por lo banal. La cultura del cartón piedra. ¡Vivan las fallas, coño! Son el vivo reflejo de la idiosincrasia valenciana. Un pueblo con las aspiraciones muy claras.
Los nuevos jóvenes beben de esta fuente del mal e interiorizan como propio lo aprendido. Y así, con todo este bagaje, nos enfrentamos en la década de los 2000 a una época de bonanza en la que la extravagancia se convirtió en la filosofía de vida de la nueva generación de jóvenes. Peluqueras y peones de obra comprándose pisos de 400 mil euros y descapotables que tener aparcaditos en la puerta de casa. Ropa de marcas que antes ni conocían y que ahora siguen sin saber pronunciar.
Operaciones estéticas que convierten Valencia en la región más neumática de España. Y claro, ahora estamos como estamos.

1320001397921_fotospropias_20111030_180208

Necesité años para darme cuenta y, sobre todo, me valió salir de Valencia para ver con claridad cómo han destrozado un pueblo entero. Evidentemente, la ruta no fue el único ingrediente de esta pócima mágica pero si contribuyó en gran medida a que nadie se diera cuenta de lo que se cocía porque estábamos todos demasiado ciegos (en sentido literal y en el metafórico). Al final, el recurso ha sido el mismo a lo largo de la historia. Lo fue el circo en el imperio romano y lo es hoy el fútbol o la prensa del corazón.
Solo así se explica que pase lo que solo pasa en este honorable país.
Anuncios