Gentuza

Hay un tipo de gente sin igual. Una clase de persona que no admite confusión alguna. Son esos individuos sin vergüenza, sin escrúpulos, que lo mismo les da ocho que ochenta. Y no, no hablo de los políticos. Es gente que no tiene problemas en joderte el día, la semana o incluso la vida. Y no, tampoco estoy hablando de los bancos. Me refiero a esa chusma que puebla nuestra sociedad, que lo invade todo sin ningún tipo de pudor. ¿Publicitarios? ¡Qué no! Tampoco son esos. Hablo, mis queridos conmarujos, de los maleducados. Garrulos, señoras, niñatos, prepotentes y demás fauna. Esos, esos.
A esa gente no le importas nada. Ni tú ni nadie. Por eso, pueden hablar por teléfono en el metro a grito pelado mientras tú tratas de concentrarte en tu libro. Que ya has leído el mismo puto párrafo cinco veces y no hay manera de entender nada. Dos líneas y: “sí, sí, tía, muy fuerte…”. Otra vez, inténtalo otra vez. Dos líneas y: “si ya se lo decía yo que ese tío era un gilipollas…” Nada, no hay manera. Un último esfuerzo. No la escuches, no la mires, no pienses en su conversación insustancial. Vuelve a tu ensayo sobre biotecnología. Y la tía erre que erre: “Oye, oye… no te escucho. ¿Tú me escuchas? Nena, ¿me oyes?”. Y tú: Síiiiiiii. Te oye ella y todo el vagón, so zorra. Si te está escuchando hasta el imbécil ese que lleva el raeggeton a toda mierda. ¡Perrea, perrea!

25955-620-282

Hablamos de esas personas que no importa si son las siete de la mañana, las tres de la tarde o la una de la madrugada, ellos solo tienen una misión en la vida. Y, por supuesto, tienen que cumplirla religiosamente. Han venido a este mundo para arrastrar muebles por la casa. Y casualmente esta gente siempre vive en los pisos superiores. ¿Os habéis dado cuenta? ¿Habéis conocido a algún vecino del primero que arrastre muebles? No, ya os lo digo yo, no. Los profesionales del chirrido de media noche siempre son los de arriba tuyo, no los de bajo. Tú, que te pones los zapatos de tacón en la puerta para no molestar. Y que a partir de las diez de la noche ya no hablas, susurras para no molestar. Que tu pareja piensa que está viviendo con Golum. A ti que se te cae un tenedor al suelo y te agachas a pedir perdón a través del parqué, como si el hijo de puta de abajo, que tiene la MTV a toda hostia, fuera a escuchar tus disculpas… Y a cambio de tu consideración, ¿qué recibes? Portazos que igual cierran puertas que derrumban edificios. Sillas que no son arrastradas, se lamentan como una camada de gorrinos famélicos. Misteriosas canicas que recorren los pasillos sin rumbo. ¿De verdad alguien sigue jugando con canicas? Porque si no, ¿qué coño es eso que se arrastra por todos los pisos de arriba? Ay, los vecinos… Qué hijos de puta todos, ¿no? Pero qué sería de nosotros sin sus alegrías diarias. Mi vecina de al lado debe sentirse muy sola, la pobre, porque tiene la televisión encendida todo el día. Y toda la noche. Y es tan maja, tan maja, que ha decidido compartir su compañía conmigo. Ahora ya no vivo sola. Ahora vivo con las protagonistas de los culebrones, con las brujas del tarot de diversos canales locales y lo mejor, con La Esteban y todos sus amigos. Mira que mi comedor es pequeñito, eh. Pues oye, que los tengo a todos allí metidos todo el santo día.  Qué maja, ¿eh?, la sorda de los cojones.
Pero, sin duda, el colmo de la refinada educación española, es la señora despistada. Uy, esa me encanta. Es mi favorita. Yo es que me meo con las que no se enteran de nada. Os sitúo. Estación de Sants. Parada de taxis después de llegar un AVE. Una cola de unas sesenta personas, con sus correspondientes maletas, para coger un taxi. Una cola lo que viene siendo, cómo diría yo, vistosa, que no pasa desapercibida, coño, larga de cojones. Y una señora con cara de alzheimer precoz que se sale de la estación y se sitúa la primera en la cola. La miro con odio. Me mira con cara de pedo. Mira la cola con incredulidad. La cola la mira a ella con cara de Satán. Vuelve a mirarme a mí. Reitero mi desagrado. Y ella mira al frente sin mover un solo músculo facial. ¿Hola? ¿Señora? ¿Está ciega o es que directamente tiene una jeta que le llega al suelo? La cola cuchichea, debatiéndose entre la advertencia verbal y el homicidio. La señora vuelve a mirar hacia la fila de personas. En su rostro parece dibujarse un incipiente signo de duda. Y sí, finalmente exclama: “Ah, ¿esto es una cola para coger el taxi?” “No, señora, es un casting de Operación Triunfo. No te jode”. Le respondo. Y la buena señora tuerce el morro y se pone la última.
Ay, mis queridos conmarujos, lo que hay que aguantar… Pero bueno, no os preocupéis, entre la fuga de cerebros (para unos que teníamos bien educados, van y largan) y los recortes en educación, en unos años estaremos todos hablando como la Botella. Ah, no, calla, que ya lo hacemos.
Anuncios