LLÁMAME HORTERA.

Llevo siete meses pasando por delante de una tienda y cada día pienso lo mismo pero hasta hoy no había podido detenerme a escribir un post sobre ella. Y mira que la cosa da de sí porque ¡vaya tela! (nunca mejor dicho). Pero nada, que desde que me dedico a escribir (profesionalmente, quiero decir) no tengo casi tiempo para mis relatos, el blog y mis doscientos mil hobbys. Como bien me dijo un día un amigo, “demasiadas cosas para una sola vida”.
Pues eso, que hay una tienda al lado de mi nuevo trabajo que me tiene desconcertada. Me salen orzuelos cada vez que paso por delante, me provoca pesadillas por las noches, me invita a reflexionar sobre la clase de mundo en el que vivimos, y los personajes que lo habitan, y no me hace vomitar de milagro. Y es que no es para menos porque estoy hablando de la tienda de novias más hortera que he visto en mi vida. Encajes por todas partes, pedrería tamaño familiar, falsos brillantes, volantes petulantes, tules baratos, lunares como piedras, rayas de todos los tamaños, verdes pistachos y rojos putón. Demasiados estímulos para una sola retina. Y solo he visto el escaparate, por suerte para mi sensibilidad. No me quiero ni imaginar la clase de monstruosidades que puedan albergar los percheros del interior. ¿Quién puede tener los santos cojones de plantarse semejantes atentados contra el gusto estético? En realidad, si lo pienso bien, conozco a más de una que se los pondría porque, mis queridos lectores, horteras, como las meigas, haberlas haylas y muchas. Solo hace falta darse una vuelta por cualquier bodorrio de clase obrera. Vestidos de “princesa” sobre el cuerpo de garrulas de barrio. Corsés y largas colas, más pintura que una puerta, retratos con pose forzada, forzadísima, y elaborados moñarros de peluquería que más bien parecen el nido de una familia de cigüeñas. Uñas de galápago (de gel las llaman ellas) extremadamente largas, cuadradas y esmaltadas con floripondios, estrellitas y demás payasadas; bolsos brillantosos y horrorosos, zapatos de maruja madurita en un pie de veinte pocos. Y no sigo porque más de una ya se estará viendo a sí misma en el último gran evento.
Y la pregunta obligada es ¿por qué? Por qué tan poca clase, tan poco gusto, tanto exceso de brillante y tan poquito sentido común. Por qué esa obsesión por echarse encima quince años, por parecerse a sus madres, por aparentar ser señoronas cuando algunas ni siquiera han abandonado la universidad. ¿Quién les ha dicho que tienen que disfrazarse de las reinas del antiglamour? ¿Quién les ha metido en la cabeza la estúpida idea de que así vestidas están elegantes? Pero claro, la que no es original ni tiene gracia no la tiene ni el día de su boda. Y es que una boda es el evento hortera por antonomasia. Desde luego hay quienes innovan y organizan celebraciones un poquito más originales y ya no hablo de novios dándose el sí quiero bajo el agua, ni saltando en paracaídas ni en moto acuática, sino de aquellas personas que obvian toda la parafernalia que rodea la celebración del matrimonio: damas de honor, tartas rascacielos, orquesta cutre, que se besen, que se besen… Y luego están las fotos en la playa, con las gaviotas volando por el cielo mientras la brisa marina mueve ligeramente el único pelo de ella que ha logrado escapar de la laca y el sol baña el rostro de él, carente de cualquier tipo de gracia.
Pero quién soy yo para andar juzgando a la gente, para dar lecciones de etiqueta cuando mi atuendo habitual se basa en unas botarras militares de dos kilos de peso cada una, en las cadenas roñosas que cuelgan de mi cinturón y los pinchos que suelen sobresalir de mi cuello o muñeca. Quién soy yo para decidir qué es elegante o aceptable y qué no. Y es que aquí entramos en terreno pantanoso, pues el gusto estético es algo tan subjetivo como la propia vida. El otro día me esforzaba por hacerle entender a una amiga, algo tozuda todo sea dicho, que la normalidad no existe. Y ella erre que erre con que ella es normal y que la anormal soy yo. Y yo intentando hacerle ver que puede calificarse como común, sencilla, neutra pero no como normal. Porque, ¿qué es normal? Y lo más importante, ¿normal según quién? ¿Acaso hay un ser todopoderoso que se encarga de dictaminar lo que es normal y lo que no? Porque si es así que me lo presenten que voy a decirle cuatro cosas. Lo que mi querida amiga no entiende es que cada cual juzga la normalidad desde su propio punto de vista y que, de este modo, es imposible aplicar el más mínimo destello de objetividad (otro concepto vacío que la gente se esfuerza por encontrar y/o aplicar sin saber que es imposible). Para mí es normal escuchar Iron Maiden a todo volumen en mi mp3 mientras camino por la calle con la mínima expresión de una falda de cuero, unas medias rotas y en lo alto de mis tacones de metal de diez centímetros. Para mi amiga puede parecer descarado, atrevido o, incluso, una excentricidad propia de la pirada que soy. Pero lo que no tiene en cuenta es que el cristal a través del cual me mira y analiza está contaminado por su propia “normalidad”.
Pero, en fin, mis queridos lectores, no les quiero aburrir con mis teorías porque prefiero que guarden sus esfuerzos cognitivos para una teoría más elaborada que pronto verá la luz y que promete no dejar indiferente a nadie.
Pero eso sí, queridos míos, hasta entonces solo les pido una cosa, “be originals, my friends”, intenten salirse del rebaño que ya hay demasiadas cabezas dentro. Y, sobre todo, no se compren un vestido en la tienda de novias de la calle Tuset. Se lo ruego.
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