PITAS, PITAS, PITAS (Hitchkock el profeta)

Hoy quiero prestarle atención a un tema que me consume desde que llegué a esta ciudad. Es algo que está acabando con mi paciencia; un problema con el que tropiezo, para mi desgracia, cada día. No hay solución aparente, o por lo menos no debe resultar nada fácil y tampoco encuentro las armas para combatirlo. Están en todas partes, y en especial en mi calle; parece algo inofensivo pero estoy convencida de que todo lo contrario. Señoras y señores, por si todavía no lo han adivinado, estoy hablando de LAS PALOMAS.
Y ustedes dirán: “Coño, qué exagerada. Pobres animales”. No, se equivocan. No estamos hablando de las palomas amigables y ‘peluchables’ (palabra que me inventé para determinar que algo produce los mismos efectos que un peluche), esas que podemos encontrar en las ciudades de este nuestro país, esas a las que la gente solía tirarles migas de pan. No. Estoy refiriéndome a las PALOMAS BARCELONESAS; una nueva especie, unos seres alterados genéticamente, modificados por la madre naturaleza (o la contaminación, o el pan caducado que se les lanzaba antaño, o vaya usted a saber por qué). No son palomas normales, no son aves, ni pájaros, (ni tampoco Superman), son camicaces. Mutaciones de la original Columbidus Columbidae (aunque de esa ya no quede ni rastro). Viven en una ciudad hostil, ruidosa, contaminada, turística, plagada de guiris en invierno y en verano, con seguidores futboleros que cada dos por tres celebran cosas (qué bien suena, ¿eh?) y perturban su paz nocturna; comiendo restos de McDonals, Burguer Kings y Kebabs varios. ¿Qué coño esperamos que hagan? ¿Saludarnos al pasar con un amable “Bon dia tingui, senyoreta”? Pues no. Ellas han hecho lo que tenían que hacer como especie débil: evolucionar para sobrevivir. Lo que no esperábamos era que lo hicieran tan rápido y tan bien.
Pero es que lo de estos bichos es muy fuerte. No es que ya no tengan miedo a los humanos y que des una patada al aire y no salgan volando como cuando éramos pequeños y salíamos corriendo detrás de ellas para espantarlas (eso ya no lo conocerán nuestros hijos); no es que se queden a tu lado en un banco mientras tú las observas con el gesto contraído. No, es que han dado un salto evolutivo más. ¡Es que atacan! No se rían, no. Ustedes no saben el peligro que corren si caminan distraídos por las calles de Barcelona. Uno no sabe si pasea por las ramblas o por el comedor de la casa de Los Pájaros. Estos seres de otro mundo se lanzan a degüello a la mínima que encuentran un viandante disperso. Porque eso sí, si usted habita en la ciudad condal ya sabe a lo que se enfrenta y, por tanto, juega con ventaja. Conoce al enemigo. Y si no lo hace, usted verá pero yo tomó mis precauciones.
La primera regla es no salir del portal sin antes haber ojeado a ambos lados. Si no hay palomas en la costa, salga pero nunca baje la guardia, pueden estar acechando desde una cornisa cualquiera y lanzarse con las alas plegadas y el pico bien afilado para terminar impactando contra su cabeza. Si las ve en el suelo, no se confíe, en cuanto vean que usted avanza hacia ellas, volarán pero no temerosas y huyendo, sino intentando asustarlo a usted y haciéndole agitar los brazos como un verdadero gilipollas, o eso es lo que pensarán el resto de viandantes cuando lo vean moverse sin sentido en medio de la calle. No olvidemos que otra de las características de su mutación es que han adquirido un color que fácilmente puede confundirse con el del asfalto y las aceras, por lo que a ojos de muchos estos seres son invisibles y usted estará luchando contra nada o nadie, dando manotazos al aire (la paloma de la paz viendo que con el blanco no conseguía nada, y teniendo en cuenta los tiempos hostiles que corren, ha decidido optar por el traje de camuflaje; urbano, en este caso).
La segunda regla está referida al campo de la conducción. Y entramos en terreno pantanoso. Es frecuente verlas en medio de la calzada picoteando restos de un bocadillo, un Bollicao o haciendo como que comen cuando en realidad, para que nos vamos a engañar, simplemente están tocando los cojones al pobre conductor. Si usted conduce habitualmente un coche, pero sobre todo una moto, preste mucha atención. Nunca se deje engañar por el instinto tierno y pacífico que le caracteriza. Ellas no lo harían (de hecho, no lo hacen). Si usted las ve en medio de la calle no pierda el tiempo haciendo sonar su claxon. Les da igual. ¿Cree usted que un pajarraco que ha nacido, se ha criado y seguramente ha vivido parte de su existencia en pleno centro de Barcelona (incluyendo sábados, festivos, Sant Jordis y navidades) va a inmutarse por un leve sonido como es el de su ridículo claxon? Evidentemente que no. Ella seguirá picoteando el suelo si hace falta pero no se apartará. Es como pedirle a una vaca de los pirineos que salgo de en medio del camino. ¡No lo hará! Por tanto, ¿cuál es la solución? No frene, no dude, no deje que huelan su miedo e inseguridad. Siga hacia delante y no se preocupe que en el último momento, cuando ya casi rozas su ala derecha, en ese preciso instante, dará un saltito y se apartará. Y usted habrá pasado el mal trago de su vida porque estaba convencido de que acabaría atropellando sin remedio al pobre animal. Pero cuando usted ha doblado la esquina ella se descojona de usted y de su pito, se lo aseguro.
Y la tercera regla, y la más importante, es adoptar una actitud adecuada a la hora de caminar por la calle. Amigo mío, si lo que quiere es sobrevivir al ataque de las palomas solo puede hacer una cosa. Olvídese de todo lo que ha vivido anteriormente, destierre de su cabeza cualquier idea anterior a convertirse en viandante de la capital del barcelonés. Usted ha entrado en una dimensión paralela y tiene que adaptarse a ella. Póngase en forma, optimice sus sentidos al dos cientos por cien y prepárese bien porque le aseguro que la única forma de luchar contra esos pequeños y enfurecidos camicaces es convertirse en Neo y esquivarlos como si fueran las balas que intentaban impactar contra el protagonista de Matrix. ¿Le preocupa hacer el ridículo? No se apure, siempre habrá alguien dos calles más allá adoptando su misma pose.
Ustedes verán pero yo creo que estamos ante una nueva especie que amenaza con dominar el mundo. Se empieza por Barcelona y se termina ocupando toda la península. Yo por si acaso ya evito las plazas, no sea que en uno de estos movimientos ‘esquiva palomas’ me disloque el cuello. Sobre todo la que hay al lado de mi casa. Siempre he pensado que iría al infierno y cero que Dios, por atea, me está anticipando lo que me espera, pues esta plaza es lo más parecido al infierno que una servidora pueda imaginar; niños y palomas, ¿Qué más se puede pedir?
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